Un amasijo de hierros y fogones. “La Bestia” se despereza y comienza a confundir el frío metal, el calor del fuego y la carne de los hombres y de las mujeres que, arrastrados por una vida que les apremia, sobreviven como remeros en Galeras. “La Bestia” ruge, lanza bocanadas febriles mientras se pone en marcha, la tensión va en aumento. Una olla a presión. Se alimenta de los sueños y los anhelos, devora la humanidad, dejando las almas raquíticas, enquistando los sentimientos que quedan para luego, ¿para cuándo? Sin apenas tiempo para mirarse, reconocerse en los demás, más allá de los instintos primarios. La pasión como válvula de escape. Gritos, golpes, carreras, sudor y después: Nada. Tan sólo el silencio, la extenuación sudorosa, el sabor de la adrenalina en la boca, la satisfacción de seguir respirando. ¿Para qué? Para tener la certeza de que se sigue soñando y, de momento, sentirse vivo. Mientras “La Bestia” respire, la vida continúa. Mientras la vida continúa, “La Bestia” seguirá devorándonos.

Hay que estar muy loco o muy seguro para embarcarse en un macro-proyecto como es “La Cocina” de Arnold Wesker. Imagino que Sergio Peris-Mencheta cuenta con buenas dosis de ambas para sacar adelante un espectáculo como este, de trazas mastodónticas. Una máquina de precisión descomunal con un engranaje, entre lo humano y lo técnico, prácticamente perfecto. Digo “prácticamente” porque quizá lo que más flojee de este espectáculo es el texto, que no la palabra. Tal como Peris-Mencheta nos presenta el montaje, lo que interesa es lo físico, lo humano, el ver cómo los actores son capaces de crear ese enjambre que revienta de matices individuales, de pequeños detalles que darían para ver la función casi 26 veces, una dedicada a cada uno de los intérpretes.

El ritmo de la primera parte es trepidante, uno contempla cómo el escenario se llena de vida -Magnífica la asesoría de movimiento y clown de Chevy Muraday y Néstor Muzo- de historias a medio contar, de encuentros, de enfrentamientos, de mil acentos y hace similitudes entre la Inglaterra de los años 50, ahí es donde todo sucede, con nuestros días. -Hay que ver lo mal que se nos da avanzar y lo que nos esforzamos en involucionar- Razas, culturas, costumbres, se rozan, friccionan y se contonean; vidas condenadas a colaborar y entenderse aunque no siempre a comprenderse. El caso es que cuando te quieres dar cuenta, estás atrapado dentro de la vorágine; contemplando con perplejidad y con la boca abierta que la locura en escena es algo que está sucediendo de verdad, llenándolo todo de sorpresas y pequeñas golosinas que hay que saber descubrir, dependiendo de la grada donde te haya tocado, y que cuando frena, logran que el tiempo se detenga en seco con un murmullo de asombro. Ahí es cuando uno se acuerda que debe respirar.

Otra cosa es cuando la tempestad da paso a la calma y el texto cobra más peso. De repente los ritmos cambian, los tempos se estiran y las escenas se prolongan (para mi gusto en exceso), Wesker da muchas vueltas para al final sólo contar fragmentos de vidas, nunca llega a cerrar las tramas. Quizá, y digo “quizá” porque tan sólo es mi apreciación, si se condensara y recortara, calarían más profundamente e hilarían con más firmeza, aumentando la empatía con los personajes y haciendo de la excitación del inicio un estupendo contrapunto a las emociones que deberían desprender esos anhelos y esos sueños del después, del instante humano que “La Bestia” permite antes de rugir de nuevo.

Aunque de desigual resultado, hay papeles que no dan para mucho más y otros que se quedan por el camino, el trabajo actoral en líneas generales es fantástico. Lo que no se puede negar es que todos se dejan el pellejo en escena, todos pelean a una y eso se deja ver en la prodigiosa partitura rebosante de ritmo y vida que llevan a cabo. El trabajo con los acentos es, en algunos casos, una delicia y la gestual es asombrosa, logran la magia en el espectador, haciéndonos ver cómo manejan la comida, cómo lo elaboran y cómo lo cocinan sin tenerla físicamente presente, ¡hasta se huele!

Es complicado repasar las interpretaciones, pero sin duda me quedo con la pasión y la potencia de Xabier Murua que se roba la función, a pesar de lo coral, con su macho Alfa y la tensión que genera junto a Víctor Duplá, que logran los momentos más potentes de esta olla a presión, o el pinche repleto de energía de Ricardo Gómez, el trabajo con sus acentos es para enmarcar; también me pareció fabuloso el trabajo constante de los reposteros, la encargada de las verduras o el Segundo de Cocina: Javivi Gil, Mario Tardón, Paloma Porcel y  Patxi Freytez respectivamente.

Ya digo que el mayor handicap que le encuentro a “La Cocina” es precisamente el texto, que se extiende excesivamente para lo que pretende contar. Sin embargo la puesta en escena y la labor actoral son de 10. Quizá lo descomunal, tanto del espacio como del libreto, se comen lo íntimo y es por eso que salí fascinado, apabullado, encantado de haber podido verla, pero no emocionado.

Por cierto, todo mi apoyo a los trabajadores que están dejándose la piel en los escenarios del CDN porque, sin faltar a una sola de las representaciones, están demostrando su profesionalidad levantando el telón todos los días sin cobrar por su trabajo. Es de vergüenza que esto esté pasando, y más en los teatros públicos.

FICHA:

Título: La Cocina Autor: Arnold Wesker Dirección: Sergio Peris-Mencheta Elenco: Silvia Abascal, Roberto Álvarez, Fátima Baeza, Aitor Beltrán, Almudena Cid, Víctor Duplá, Patxi Freytez, Javivi Gil Valle, José Emilio Gimeno, Ricardo Gómez, Pepe Lorente, Óscar Martínez, Natalia Mateo, Xabier Murua, Diana Palazón, Paloma Porcel, Ignacio Rengel Lucena, Xenia Reguant, Nacho Rubio, Alejo Sauras, Marta Solaz, Romans Suárez-Pazos, Mario Tardón, Javier Tolosa, Carmen del Valle y Luis Zahera Escenografía: Curt Allen Wilmer Iluminación: Valentín Álvarez Vestuario: Elda Noriega Espacio Sonoro: Pablo Martín  Jones y Héctor García Movimiento: Chevy Muraday Clown: Néstor Muzo Voz: Óscar Martínez Ayudante de Dirección: Víctor Pedreira Fotos: marcosGpunto Lugar: Teatro Valle-Inclán