12778907_191119671256229_18680693128481512_oQué difícil es pensar que tienes que hablar sobre “Yogur Piano”, hablar sobre algo que te ha tocado tanto como la creación de Gon Ramos, te hace sentir una extraña sensación de desnudez. Hablar sobre esta función es hablar de una vivencia intensa que no estás seguro de saber plasmar e, incluso, que lo que tengas que decir vaya a interesar demasiado a alguien, pero a la vez es una necesidad íntima que me apetece contaros, a vosotros y a mí mismo. No sé qué va a salir, ya os advierto que será cualquier cosa menos una crítica, una crónica o lo que sea que esperáis leer.

La memoria es muy olvidadiza y por eso escribo, y porque “Yogur Piano” es uno de esos momentos que me gustaría guardar en una cajita y tenerlo siempre presente, poder volver a abrirla de vez en cuando y que su esencia se me cuele de nuevo por las grietas del alma, para que me vuelva a estrujar un momentito y me vuelva a colar en aquellos ojos, los de Itziar Cabello, los de Marta Matute, los de Nora Gehrig, los de Daniel Jumillas o los de Gon Ramos y volver a estremecerme con sus voces e hipnotizarme con sus cuerpos. Para que las notas de Sigur Rós vuelvan a transformarse en pequeñas punzadas de dulce nostalgia y que me vuelvan a escocer. Para de nuevo sentir mis ojos a punto de desbordarse de tanto sentimiento.

Fui solo a ver la función, una de las pocas veces que no comparto el hecho teatral en compañía, algo que ya lo hacía singular desde el primer momento, tan diferente que iba predispuesto a entregarme a la experiencia sin prejuicios ni compromisos. Nada más entrar me sentí impactado, desorientado por la música, por el extenuante movimiento de los actores, golpeado por sus instantes de reflexión en voz alta, momentos que a nadie más que a ellos parecían importar… ¿No nos pasa eso a todos? Que tenemos cosas tan íntimas que parecen intranscendentes, que quisiéramos contar, pero que sabemos que a nadie más importan. Esos breves instantes de lucidez o de puñetera locura que si alguien más que nosotros mismos se pararan a escuchar, quizá pudieran transformar el instante presente o desbloquear nuestro espíritu encorsetado y hacerlo saltar en mil pedazos, ¡Qué liberador sería! Sin embargo, lo que está ahí es la soledad, la incomunicación, la genialidad apisonada, golpeada por bases rítmicas. Asfixiante la soledad, las palabras llenas de vacío, de nada, y sin embargo repletas de un todo tan íntimo, tan impúdicamente arrancado que permitimos que salga porque sabemos que nadie más lo escucha, o quizá porque el sonido atronador, como una angustia suprema, oprime de tal manera que nos lo arranca de nuestras entrañas… ¿Quiénes son ellos? ¿Qué les mueve a estar ahí? ¿Por qué están tan solos? ¿A quién esperan? ¡A quién le importa!

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Foto: Pablo Bonal

Y en un instante el silencio, la paz, el desconcierto y lo inesperado de la voz y la música de Jos Ronda, como una bocanada de aire ante la angustia que a estas alturas nos tiene atenazados. Su instante es como ese abrazo que rompe la membrana del desconsuelo y nos derrama compungidos, y es que lo que vemos en ellos es lo que se rompe en nosotros. ¡Es todo tan dolorosamente hermoso!

El movimiento, tan orgánico, tan impactante, hace que el timbre de las palabras duela cuando brota, que sean como esos puñetazos, rabiosos, desangelados, repletos de grito. Cuanta más rabia en el golpe más quebradizo se muestra el interior.

Y donde antes el individuo aislado luchaba por ser, ahora los cuerpos se trenzan con las palabras y en un instante cobramos forma y sus voces nos preguntan, no sabemos la respuesta, pero aceptamos sus hipótesis y comenzamos a amarlos con más fuerza. Quieres mirarlos, quieres tenerlos, los quieres de una manera especial porque te miran bonito, y porque te miran de verdad, la soledad se diluye y hacen añicos cuanto está sucediendo para deshacer su aislamiento retumbante y entregarse al interior del otro, y lo dicen, que quieren vernos… No, vernos, no, quieren mirarnos, colarse al fondo de nuestra pupilas y grabarse allí dentro… y que nosotros tengamos la valentía de colarnos al fondo de las suyas, sintiendo el intercambio de lo que habita allá dentro que quién sabe lo que es. Un regalo tan generoso…

Y es ahí cuando ya nos tienen solo para ellos, cuando las notas de “Yogur Piano” comienzan a florecer entre miradas, sonrisas cómplices y lágrimas emocionadas. Transformando el desenlace de este instante en uno de los más bellos y emocionales que he podido vivir. Las almas que se han quebrado tienen una segunda oportunidad y se recomponen para convertirse en una melodía que por separado tiene sentido, pero que unida son puro sentimiento.

Y yo me marché con tanto amor dentro que noté el corazón dolorido de tanto sentir.

“Yogur Piano” es una de las experiencias teatrales más bellas que he tenido la suerte de poder compartir. Gon Ramos tiene el don de saber hacernos sentir con absoluta pureza y se ha rodeado de un equipo llenos de honestidad escénica.

Si supiera como conservar instantes, sin duda esta vivencia sería de las que guardaría celosamente, aunque su existencia efímera sea quizá la esencia que la hace tan rematadamente grande.

¡Id y vividla!

FICHA:

Título: Yogur Piano Autor: Gon Ramos Elenco: Itziar Cabello, Marta Matute, Nora Gehrig, Daniel Jumillas y Gon Ramos Música en vivo: Jos Ronda Director: Gon Ramos Espacio sonoro: Matías Rubio Foto: Pablo Bonal Diseño: Daniel Jumillas Lugar: Espacio Labruc