cartel-la-rosa-tatuada_01-wpcf_300x427“La Rosa Tatuada” de Tennessee Williams nos habla de una mujer que pierde a su marido de una manera turbia, que toma la decisión de guardarle luto encerrándose de por vida en su casa, junto a su hija, intentando alejarse del mundo que la vio vivir feliz. Una mujer a la que un buen día la vida, que hasta ese momento estaba invadida por el recuerdo y la oscuridad, llama de nuevo a su puerta cargada de risas y carnalidad; instalándose el dilema y la duda de si entregarse a esa nueva vida o continuar agonizando en el recuerdo de un marido ausente; eligiendo finalmente la vida, elección que la posiciona frente a una sociedad hermética que prefiere la abnegación de una viuda como ejemplo social a la luz de la alegría de una nueva oportunidad.

Una versión traducida por Vicente Molina Foix y adaptada por Gabriela Flores y Carme Portaceli, quien además dirige esta propuesta, que parte de un costumbrismo colorido, de tonos pastel, enfrentado a esa casa gigantesca de estructura como de papel, que me sugiere la fragilidad del ser humano y la enormidad de sus sentimientos. Una casa que se despliega ante nosotros como una flor para mostrar un interior en el que hubo un tiempo que residía la felicidad suprema del amor y que ha acabado por ser cárcel de la añoranza y la tristeza. Un sentimiento marchito que reina hasta que los nuevos y premonitorios vientos llegan arrastrando semillas de felicidad que luchan por germinar en un campo abonado con la hermeticidad del pensamiento más rancio y acartonado. Todo un canto a la vida y a las oportunidades inesperadas que Tennessee Williams nos regala.

Todo en el montaje presupone una producción apetecible, las luces de Pedro Yagüe, la escenografía de Anna Alcubierre o la música de Jordi Collet; lástima que la falta de lógica y ritmo en el comienzo, con esos secundarios desdibujados, de pantomima facilona, esa mezcla de lenguajes inconexos, esa opción del italiano de comedieta, hagan que el espectador se distancie desde el primer minuto y contemple la función sin emoción e incluso con sonrojo.

El interés regresa en el momento que Roberto Enríquez y Aitana Sánchez-Gijón comparten escena, eso sí, obviando ese primer encuentro en el que los personajes tienden más al Mihura de “Tres Sombreros de Copa” que al Williams de “La Rosa Tatuada” y no porque eso esté mal, ojo, sino porque nos presenta a los personajes desde un lenguaje cómico que pertenece a otro lugar. No voy a negar que para mí siempre es gozoso contemplar la labor de Enríquez, es algo en lo que, montaje tras montaje, me voy reafirmando, pero si a él y a la esforzada Aitana lo demás le juega a la contra, no hay forma de levantar la función.

Otro punto positivo fue el que se adivinen destellos de la estupenda actriz que hay en Alba Flores, lástima que el papel, pienso, le ha llegado un poco tarde, haciendo que sus líneas chirríen injustamente. Y digo lástima porque sus escenas con Ignacio Jiménez dejan que percibamos la dulzura de ese primer amor, del descubrirse en esa vida que se le negaba, pero la pequeña llama que se adivina queda borrada con el soplido tosco de lo superfluo del resto del montaje.

Me marché del María Guerrero, tras los tibios aplausos finales, pensando que quizá se ha confiado en exceso en la indudable calidad de los ingredientes – Elenco, texto, producción…- pensando que eso podría ser garantía de un buen resultado, pero la mano de Portaceli no ha dado con la clave adecuada, dejando todo tan en la superficie que esta Rosa se nos queda en una flor de plástico, bonita en apariencia, pero exageradamente artificial y sin vida.

FICHA:

Título: La Rosa Tatuada Autor: Tennessee Williams Dirección: Carme Portaceli Elenco: Aitana Sánchez-Gijón, Roberto Enríquez, Alba Flores, Jordi Collet, David Fernández “Fabu”, Gabriela Flores, Ignacio Jiménez, Paloma Tabasco y Ana Vélez Traducción: Vicente Molina Foix Adaptación: Carmen Portaceli y Gabriela Flores Escenografía: Anna Alcubierre Iluminación: Pedro Yagüe Vestuario: Antonio Velart Música y Espacio Sonoro: Jordi Collet Lugar: Teatro María Guerrero