Hace una semana pude asistir al estreno de “El Arquitecto y El Emperador de Asiria”, un texto de Fernando Arrabal que a penas si se ha podido ver sobre los escenarios españoles y que recorre de cabo a rabo gran parte de las filias y fobias de este autor. Un texto que nos habla de lo que uno es y lo que anhela ser, de cómo uno dentro de su propio deseo o ambición cae siempre en las mismas trampas, en los mismos miedos y traumas, repitiendo una y otra vez los mismos aciertos y los mismos errores, como si el destino no fuera a ser nunca, si no que se tratara de una búsqueda continua en la que nos hayamos atrapados.

Foto Carlos Furman

Foto Carlos Furman

Una nueva ocasión, tras “Pingüinas”, que el Teatro Español con Juan Carlos Pérez de la Fuente al frente de su Dirección Artística, nos propone adentremos en el universo de este dramaturgo, en el que o entras de cabeza o quedas fuera sin miramientos. Y yo, sinceramente, me quedo fuera. Es cierto que su lirismo tiene mucho de fascinante, que su humor es gamberro y juguetón, que está lleno de impertinencias que me divierten, que sus reflexiones son punzantes y calan, que sus salidas de tono son sorprendentes más allá de cuánto tiempo haya pasado desde que se escribieron, pero nunca llego a engancharme, se me escapa, yéndose lejos y perdiéndose en el horizonte del intelecto. Para mi ver una función de Arrabal es como quedar para correr con un corredor profesional e intentar seguirle el ritmo, los primeros metros lo hago encantado, incluso me parece fácil, pero enseguida me quedo sin fuerzas -falta de entrenamiento, supongo- y veo como se aleja cada vez más y más lejos; acelero el paso para no perderle de vista, pero llega un momento que me falta el resuello y dejo de correr, exhausto, rendido y aburrido de intentar alcanzarlo, sabiendo que es imposible y dándome por vencido. Pues lo mismo me pasa con Arrabal, yo lo intento, creo que es un autor con el que hay que esforzarse y eso me gusta porque no quiero que me den todo masticado, pero su complejidad acaba por extenuarme y termino por tirar la toalla…

Foto Carlos Furman

Foto Carlos Furman

Hace mucho tiempo que entendí que por mucho que me guste el teatro, no todo el teatro me puede gustar, pero no por ello voy a dejar de verlo y valorarlo, y lo que en esta función hacen Fernando Albizu y Alberto Jiménez es digno de aplaudir con admiración. Ya lo dije por las redes sociales, son dos bestias pardas de la escena, y aquí lo dejan bien claro.

El montaje que propone la directora argentina Corinna Fiorillo es un delirio que pone a prueba a sus dos intérpretes, haciéndoles correr, bailar, cantar, chillar, enseñar el culo, hacerse y deshacerse, insinuarse, adorarse y devorarse, ser uno y después otro, o ser los dos uno, depende dónde, cómo y cuándo, y todo ello en a penas 70 minutos de función. Sin embargo es tal la locura en escena que todo acaba pareciendo un batiburrillo desquiciante que no deja entrar en la propuesta, como querer alcanzar con los dedos algo a través de las aspas de un ventilador…

A mí me resultó imposible.

Título: El Arquitecto y El Emperador de Asiria Autor: Fernando Arrabal Lugar: Naves del Español-Matadero  (Sala Max Aub) Elenco: Fernando Albizu y Alberto Jiménez Iluminación: Soledad Ianni Vestuario: Gabriela A. Fernández Escenografía: Norberto Laino Música y Espacio Sonoro: Rony Keselman Dirección: Corinna Fiorillo