A veces reconozco que soy un dejado, que me relajo y me dejo estar más de la cuenta y por eso siempre ando rondando el peligro de perderme espectáculos que me apetecen, pero que por la razón que sea, tardo en comprar las entradas y después me pasa lo que me pasa… Bueno, pues uno de esos momentos de relax tan inapropiados ocurrió con esta versión que Miguel del Arco ha hecho de “Antígona” y que forma parte de ese proyecto bautizado como Teatro de la Ciudad puesto en pie tomando como sede el Teatro de la Abadía.

Fotografía Luis Castilla

Fotografía Luis Castilla

Tanto me relajé que cuando quise comprar las entradas me tenía que conformar con las migajas… o ponerme el mundo por montera y marcharme a verlo al Festival de Teatro Clásico de Mérida, y así es como hice. Ya que me disponía a perder la virginidad en asuntos festivaleros, mejor hacerlo entregándome a dos que a uno, ¿no?.

La primera ya os la conté en la anterior entrada y como el regusto fue el que fue, me dispuse a quemar mi segundo y último cartucho no sin algo de temor, ya me habían llegado comentarios de todo tipo con respecto a esta “Antígona” -imposible no oír nada si dejo para más tarde uno de los montajes que más hambre habían despertado en el teatrerío de la capital- pero he aprendido que si hay algo que me apetece y quiero ver, ya pueden decir misa que prefiero darme el batacazo por mi mismo y no quedarme con las ganas de lo que podía haber sido y no fue. Esta vez al menos, me alegro de mi determinación. Así que allí me planté de nuevo, esta vez con las ansias glotonas de quien ya lo ha probado.

La penumbra que flotaba en el Teatro Romano y un, a penas imperceptible y continuo, zumbido (aún no se si era fruto de mi imaginación) antes de comenzar la función, eran el preludio de que uno ya estaba adentrándose en los dominios de esta “Antígona Kamikaze”.

Oscuro.

Las sombras toman la escena.

Polinices surge de entre los muertos para hablar a su hermana Antígona.

Los pelillos de la nuca

Fotografía Luis Castilla

Fotografía Luis Castilla

se me erizan con Santi Marín retorcido en su condena.

Antígona e Ismene potentes como un choque de tormentas, electrizan el ambiente con un comienzo de función que me agarró de las tripas, arrastrándome a su interior.

¡Boom!

Del Arco nos da la bienvenida con artillería pesada clavándonos en las gradas de piedra.

Sí, señores, creo que el comienzo que se marcan Manuela Paso y Ángela Cremonte es tan brutal como para, sin haber entrado aún en la función, humedecerme los ojos de puro placer. Sí, sí, así, sin mesura ninguna.

Después aparece Carmen Machi construyendo ese Creonte-Mujer... No sé muy bien el porqué de ese cambio de género, pero bueno, si es para gozar de una Machi tan bien dirigida como la que gozamos en esta función, pues tampoco importa; aunque esa pose “machirula” creo no le hace falta, incluso a veces le estorba, pero es un placer volver a tenerla en estado de gracia sobre las tablas.

Una vez más Miguel Del Arco hace un acercamiento de un clásico al gran público, sin dárselo masticado, ofreciéndole una propuesta asequible, contundente y atractiva, sin más aspavientos de los necesarios, sin cartón piedra de por medio que dibuje lo que ya está en la mente del espectador. El tema de la escenografía, por lo que me han contado, ha cambiado respecto a lo que se vio en La Abadía, ha desaparecido la esfera, y se ha apostado por la sencillez y la limpieza de espacios, donde con la varita mágica del maestro Juanjo Llorens y su Diseño de Iluminación,  todo se empapa de la atmósfera precisa para cada instante. Donde las coreografías de Antonio Ruz dibujan las acciones y las transiciones, hablando por si mismas. Con un coro entregado, esforzado y dinámico, aunque un tanto desigual en algunas de sus intervenciones que, dependiendo a dónde nos quieran llevar, nos desliza o nos arrastra. ¡Fabuloso trabajo de cuerpo el de todos ellos!

Me divertí, gocé, me emocioné, saboreé y me pase media función reclinado hacia adelante queriendo más. Fantástico el encuentro entre Creonte y Tiresias, y toda esa parafernalia, de la que ellos mismos se mofan, que parecía sacada de una película de terror oriental; apuesta arriesgada que demuestra el estupendo s

Fotografía Luis Castilla

Fotografía Luis Castilla

entido del humor que gasta Del Arco y las licencias que se toma, o las que yo creo interpretar que se toma en su propuesta.

Aunque el momento máscaras de lucha libre me dejó un tanto despistado, ¿Un acercamiento a las de los antiguos coros griegos? ¿Un símil de la teatralidad y la brutalidad fingida? Ya digo, me descolocó un poco, aunque no me molestó, y menos viendo a un amargamente divertido José Luis Martínez.

Mención aparte la fascinación que me produjo la energía y el nervio de ese triángulo de dolor: Antígona – Hemón, Hemón – Creonte, Creonte – Antígona. Momentos que Raúl Prieto junto a Manuela Paso y Carmen Machi hacen que exploten en intensidad y que culminan con esos silencios desgarradores y absolutamente devastadores que atenazan las gargantas de los espectadores. (De los que quieren vivir la experiencia en primera persona y no obsesionados con hacerlo a través de la pantalla de su teléfono, claro)

Sí, con ellos si sentí la tensión, la brutalidad y el descorazonador destino de una tragedia griega. Y lo que es más importante, la entrega de unos artistas que se manchan, que se entregan y que muestran con qué disposición y cómo se tiene que salir a un escenario.

Desde luego esta sí es una maravillosa forma de terminar mi primera vez en este Festival.

Al año que viene más.

Título: Antígona Autor: Miguel del Arco (Adaptación de la oba de Sófocles) Elenco: Manuela Paso, Carmen Machi, Ángela Cremonte, Raúl Prieto, José Luis Martínez, Cristóbal Suárez, Silvia Álvarez y Santi Marín Escenografía: Eduardo Moreno Iluminación: Juanjo Llorens Diseño Sonido: Sandra Vicente y Enrique Mingo Música: Arnau Vila Coreografía: Antonio Ruz Vestuario: Beatriz San Juan Dirección: Miguel del Arco