Unos elementos escénicos naturalistas se reparten en un espacio imaginario que no puede dejar de recordar al Dogville de Lars Von Trier. Las luces de la sala se apagan y un relampagueo de imágenes nos acercan a lo que se nos viene encima; viendo aquello pensé en Bergman, pero también en Buñuel, incluso en Lorca, y en Pasolini, y el corazón se me encogió al descubrir que la voz de Jim Morrison era el colchón poético sobre el que todo ello reposaba y de repente… Electra se queda muda… Fascinante y enigmático, ¿verdad? Pues así es como arranca “Alma”, la adaptación escénica que Arturo Turón ha tenido la osadía de realizar de “Persona” de Bergman. Y no utilizo el término osadía como falta de respeto o de vergüenza, si no como jugada arriesgada o peligrosa, ya que el director se expone a ser juzgado y comparado, y eso es lo que me apasiona de su labor, porque yo no creo que Arturo quiera compararse, si no que lo utiliza como vehículo para expresarse.ALMACARTELBAJA(1)

Que nadie vaya a ver esta función pensando en encontrarse algo sencillo, pensado para agradar a cualquier tipo de paladar. Más de uno y de dos no pasarán por el aro, eso está más que claro, pero yo, que soy el espectador con el turno de palabra, puedo decir que aún paladeo con gusto la propuesta. Sí, quizá en algún momento peque de densa, no vamos a negarlo, pero yo la degusté con placer y cierta fascinación. Me gusta recoger el guante de ciertos retos teatrales y entregarme a ellos, al igual que aplaudo el intento por explorar y beber de cuanto referente nos agite por dentro.

Los problemas internos, mentales, psíquicos, de los actores y actrices, siempre son un tema recurrente. Son personas que se exponen y fuerzan sentimientos, corriendo el riesgo de quebrarse, incluso hartarse o querer dejar de ser quienes son, al darse cuenta de la farsa que viven día sí y día también, y no solo sobre las tablas. Pero también hay que mirar a todos aquellos seres anónimos que tienen necesidad de ser escuchados, de expiar sus pensamientos a base de darles voz, de sentirse vivos a golpe de exceso de verborrea. De ahí surgen tanto Elisabeth, actriz que en plena representación deja de hablar por decisión propia, y Alma, joven enfermera que la cuida en su retiro voluntario, y que decide abrirse a ella, confesándole inocentemente sus más íntimos secretos, hasta el momento en el que Elisabeth, desde su mutismo envenena esa inocencia, llevándola a enfrentarse con sus propias dudas y demonios.

Un juego de espejos donde ambas mujeres se mostrarán desde lados opuestos que terminarán por tocarse y fusionarse.

Andrea Dueso se enfrenta al reto de dar cuerpo a esta función como única voz, y atrapar al espectador con un personaje como Alma, que tiene tanto que contar y del que en momentos nos apiadamos y enternecemos, y del que en otros acabamos por hastiarnos. Nos muestra su inocencia sin filtros y eso no siempre sabemos recibirlo con agrado y comprensión. Y ahí radica la complejidad de su cometido, mantener ese equilibrio de manera interesante para el espectador,  hasta llegar al momento en el que todo se rompe, donde toda esa luz es ensombrecida, dando paso al reverso que cualquier persona portamos y del que no somos conscientes hasta que no nos vemos a través de los ojos de otro. Perturbador.

Y ahí está Rocío Muñoz-Cobo y la difícil tarea de lograr crear un personaje como Elisabeth, que desde el silencio y la escucha logre destilar tantas sensaciones, que transmita el hartazgo y esa extraña fascinación hacia los demás, hacia esa necesidad que tenemos todos de “regalarnos” a los extraños. Qué forma de mirar, de opinar sin hablar, de apoyar y subrayar cuanto Andrea dice… Su Elisabeth es ese gato cruelmente juguetón que observa sin compasión a un esperanzado ratón que acabará entre sus fauces , pero… ¿finalmente eso será así? Ahí lo dejo para no destripar nada a quien vaya a verla.

Impresionante la magnifica elección de actrices, la conexión y la simbiosis que se genera entre ambas mujeres. 

El caso es que ambas actrices, junto a la coreógrafa y bailarina Cristina Massón, y al gran equipo que dan forma a “Alma”, tejen un poema teatral, lleno de belleza, de contrastes y similitudes, que uno se lleva a casa y que, aún pasados los días, uno lo nota que sigue latiendo. Es desasosegante, terriblemente fría, cruel, y por eso mismo creo que es fascinante.

“Alma” es de esas funciones de largo recorrido que, si se la deja crecer, conseguirá tener un poso tan potente que apetecerá revisitarla unas cuantas veces, además de ir descubrir y desgranando todos esos detalles que Arturo Turón esconde dentro de ella.

Título: Alma Autor: Arturo Turón (Basado en “Persona” de Ingmar Bergman) Lugar: Nave 73 Elenco: Rocío Muñoz-Cobo, Andrea Dueso y Cristina Masson Escenografía: Juan Divasson Iluminación: Jon Corcuera Espacio Visual: Sergio Lardiez Vestuario: Ana López Dirección: Arturo Turón