Título:
Elegy

Autor:
Douglas Rintoul

Lugar:
Nave 73

Elenco:
Andrés Requejo

Espacio Sonoro y Música Original:
David Good

Movimiento Escénico:
Fredeswinda Gijón

Iluminación:
Marta Cofrade

Escenografía:
Matías Cabia

Dirección:
Carlos Alonso Callero

La memoria es caprichosa no tiene una forma lineal de recordar las cosas, va, viene, vuelve a retroceder, enlaza lo que aparentemente no tiene relación y provoca que nuevos recuerdos broten en los momentos más inesperados, y así sucede con Elegy. Una historia contada en fragmentos, como los de los corazones rotos desde los que emanan estos recuerdos. Corazones rotos por el amor, por la soledad, por el rechazo, por la pérdida… pero también contada desde las sonrisas, la inocencia, las miradas cómplices, las caricias y los besos, que también habitan en esos mismos fragmentos.
Una historia que nace de la rebeldía de una mano izquierda que lucha por tener su propia identidad y que crece hasta convertirse en la inmensidad de toda una población.
Elegy es la historia de multitud de voces que habitan en la clandestinidad, de cuerpos amontonados, del eco de los abrazos, de la incomprensión, de la diferencia, del castigo por amar, pero a la vez de la lucha por no olvidar, de una huida hacia adelante por preservar un recuerdo y la voz con la que poderlo contar.
Un texto escrito por Douglas Rintoul basado en las entrevistas que tuvo el fotoperiodista Bradley Secker con refugiados iraquíes homosexuales que se ven obligados a huir a Siria por la persecución a la que son sometidos en su propio país. Un golpe al recuerdo en forma de monólogo, dirigido por Carlos Alonso Callero  e interpretado por Andrés Requejo, que destapa el dolor de quien tiene que exiliarse por las creencias y la incomprensión de un pueblo.
Este montaje es un canto al amor, que comienza con esa primera vez que un niño descubre que la palabra “amistad” se queda pequeña para la inmensidad que siente dentro del pecho hacia su amigo y que no puede definir con palabras, pero que, sin embargo, puede demostrar con tan solo un roce o una mirada cómplice… Ese amor viaja, imperturbable, en el tiempo, pero el destino querrá colocarles en el sitio menos adecuado para expresarlo abiertamente y les llevará a sufrir una persecución que vendrá dada de la mano con la tragedia y el exilio.
Todo esto contado así puede sonar excesivamente tremendo, y desde luego que el tema da para ello, pero que sin embargo, tanto Carlos Alonso Callero como Andrés Requejo, ayudados por todo ese equipo que les acompaña en este viaje, han preferido romper con la oscuridad en su lenguaje y afrontar el drama desde la luz, provocando la sonrisa cómplice del espectador, fórmula perfecta para calar hondo en cada uno de nosotros y descubrirnos que, además del exilio y de la pérdida, de lo que realmente se habla es de la esencia de la vida, de ese sentir que no se apaga y que es mucho más fuerte que cualquier persecución o vejación o tortura que se pueda infligir a un cuerpo, la que los amantes sienten; esa que permanece más allá de la vida y la muerte y que queda absolutamente patente en estos personajes sin nombre que habitan en el interior de Elegy, de estos seres poseedores únicamente de una inicial como identidad porque deben permanecer ocultos por seguridad, o porque realmente no son solo un individuo, si no la voz de una inmensidad a la que se le pretende obligar a sentir como los prejuicios imponen.
El maravilloso y delicado trabajo que ejecuta Andrés Requejo es digno de alabanza, aún le queda camino para alcanzar la redondez, son pocas las funciones, pero ya hay tanta belleza en lo que ofrece, transmite tanto sentir, tanta verdad y honestidad en dosis tan cuidadas que, cuando posa sus ojos en nosotros, entendemos todo la carga de esta historia; es más, desde el mismo momento que, dándonos la espalda, comienza a contar a través de esa mano izquierda, que dice tantas cosas y que parece tener vida más allá de su dueño, ya nos tiene entregados.
Como dije en otra publicación sobre esta misma función, Andrés dibuja el texto en cuerpo y palabra,  tan importante es lo que nos cuenta a viva voz, como lo que nos muestra a través de sus movimientos, ¡qué belleza!, viajando junto a él a todos esos lugares desde los que nos desgrana la historia. Una silla es su único elemento, y creedme, no es necesario más, porque nosotros veremos todo lo que Requejo nos quiera mostrar e iremos allá donde nos quiera llevar.

Los saltos en el tiempo, de la inocencia de la niñez, en ese río donde comienza todo, a esa sala de interrogatorios llena de palabras tergiversadas, o desde ese otro río que es sinónimo y antónimo, dependiendo de su orilla, pues le entrega libertad, soledad, esperanza y desarraigo a partes iguales, a esa plaza donde el dolor y la muerte convierten en eternidad el amor de esos amigos, contienen un grito de libertad y de vida tan sobrecogedor que incluso ahora, mientras os lo estoy contando, el sentimiento atenaza la garganta recordándolo. 

En Elegy bella es la interpretación, bella la propuesta escénica, el movimiento, la música, bella es la puta tragedia que arroja y bello es el amor que dibuja. Y todo es debido a que está contada desde una realidad llena de denuncia y desgarradora brutalidad, pero rebosante de un poético sentimiento de amor por vivir la vida fieles a nosotros, luchando por nuestra identidad, como esa mano izquierda.