Título:
Don Juan Tenorio

Autor:
José Zorrilla (Versión Juan Mayorga)

Lugar:
Teatro Pavón

Elenco:

José Luis García-Perez (Juan Tenorio)
Luciano Federico Marcos (Cristófono Butarelli)
Eduardo Velasco (Ciutti)
Daniel Martorell (Miguel)
Juanma Lara (Gonzalo de Ulloa)
Francisco Olmo (Diego Tenorio/ Escultor)
Alfonso Begara (Capitán Centellas)
Alfredo Noval (Rafael de Avellaneda)
Miguel Hermoso (Luis Mejía)
Raquel Varela (Gastón/Lucía/Monja Tornera)
Marta Guerras (Ana de Pantoja)
Beatriz Argüello (Brígida)
Rosa Manteiga (Abadesa)
Ariana Martínez (Inés de Ulloa)
Eva Martín (La mujer)

Asesor de verso:                        Maquillaje:                   Música original y espacio sonoro:
Vicente Fuentes                       Helena Cuevas            Pablo Salinas

Coreografía:                              Vestuario:                      Iluminación:
Verónica Cendoya                   Marco Hernández        Pedro Yagüe


Dirección y espacio escénico:
Blanca Portillo

Que el teatro quiera renovar, revisitar o darle la vuelta a los clásicos me produce un cosquilleo muy excitante.
Me gusta que lo retuerzan y rebusquen entre sus pliegues para aportar algo nuevo o al menos un punto de vista diferente, y si quien me lo promete es Blanca Portillo, yo corro a por mi entrada sin pensármelo ni un segundo. Y gracias a eso he podido ver este “Don Juan Tenorio”. 
Una propuesta que se nos vende como la versión en la que Juan Mayorga, y la visión renovadora de Blanca Portillo, revelarán la verdadera identidad de Don Juan; dejando a un lado esa imagen de galán seductor que el paso del tiempo ha ido dando a este hombre pendenciero, canalla y egoísta que salió de la pluma de José Zorrilla.
Mayorga y Portillo se han propuesto recordarnos, sin aplicar velos ni filtros, la verdadera identidad de este personaje del teatro clásico español que se ha ido diluyendo en una inmerecida fama de seductor y romántico, mostrándonos -pido disculpas por el trazo grueso de la descripción- quién es en realidad Juan Tenorio, en esta versión los “Dones” y las “Doñas” han quedado fuera; un tiparraco follapavas, egoísta, con un alto grado de maldad, que no ha superado el furor hormonal de la adolescencia y que sigue reaccionando desmesuradamente ante la frase “No tienes huevos a…”,  y que sigue emborrachándose con los colegas, presumiendo de ser quien la tiene más grande y apostando con ellos a ver cuántas mujeres es capaz de tirarse, y que cuando todo se le va de las manos, y aún cagado de miedo y con todas las de perder, sigue poniéndose “gallito”, pero que pasado por el verso de José Zorrilla siempre queda mucho más vistoso para todos los públicos.

Bueno, pues tampoco creo que haya sido para tanto, la verdad. Si es cierto que se le ha intentado dar un toque diferente, que se ha pretendido meterle un aire macarra a la función, pero… para mi la cosa se ha quedado en más intención que resultado. Me explico.
Esta  función es un vehículo teatral al que le cuesta pasar de 0 a 100. Creo que tiene un comienzo poco atractivo, está muy bien lo de las sombras que revolotean por la escena como esos fantasmas que rodean a Don Juan, pero la languidez con la que ellos se mueven es la misma con la que se retrata todo ese primer cuadro en la Hostería del Laurel. Se supone que ya desde este momento el tono de la función debe quedar patente, es ahí donde se gesta todo, desde donde arranca este desafío y sus posteriores consecuencias, donde la potencia debe hacernos vibrar por todo lo que se nos cuenta que puede surgir después de este primer encuentro, pero la presentación de los personajes es lenta, cansina, poco atractiva, de hecho la historia no comienza a tomar cuerpo hasta que irrumpen en escena los personajes femeninos. La función toma un cariz mucho más interesante en el momento en el que Inés de Ulloa y Brígida aparecen en escena, ellas oxigenan y dan un brío mucho más interesante al conjunto, aportando peso y contenido, y arrancando de esa cadencia tan aburrida al Tenorio y todo su séquito de matones; aunque el derroche de originalidad en la caracterización de ellas me despistó, sobretodo en Ana de Pantoja y Lucía, no entendí muy bien la propuesta, cosa que no evitó poder disfrutarlas, todo sea dicho.

Un problema muy grande que hace que la función vaya y venga en su ritmo son esas transiciones eternas, con esas canciones que frenan la atmósfera lograda; cuando uno ve salir a la cantante una vez tras otra, no puede evitar resoplar y pensar en todo lo que queda por delante y en cuántas canciones más quedarán por ser escuchadas… Una lástima porque creo que los elementos escénicos son acertados y bien aprovechados, generando diferentes espacios, pero al tener que ser movidos al ritmo de la música, a uno se le quitan las ganas de apreciarlo. 
También creo que si se hace un montaje donde hay enfrentamientos y peleas, se debería montar con una lucha escénica que fuera creíble, a mi personalmente eso de “hacer que…” me parece algo horrendo que me saca de todo, y aquí no hay quien se crea ni una sola de las peleas. Eso sí, mucha gente ha criticado las muertes de Gonzalo de Ulloa y Luís Mejía en plan Gran Guiñol y yo las aplaudo con ganas, fue un ramalazo de lo que realmente esperaba.
 

A nivel actoral, no tengo nada que criticar, todo lo contrario, creo que es un estupendo elenco, salvo alguna inexplicable excepción, que juega la propuesta que les han puesto sobre la mesa. José Luis García-Pérez, Ariana Martínez, Beatriz Argüello, Miguel Hermoso, Juanma Lara, a la cabeza de este estupendo cartel, son el motivo por el que recomendaría ver la función. Arriesgan, se exponen y crean momentos interesantes e incluso bellos. Lo único que me “rechina” es la presencia permanente e innecesaria de, Miguel, ese personaje que en un momento se pone a “rapear” y que a penas si vuelve a abrir la boca, pero que permanece en escena prácticamente el 100% de la función; no logré comprender el sentido de esta incorporación, después me dijeron que simbolizaba la inocencia, pero francamente, a mi me parece que no aporta nada a la historia. Cuestión de gustos, como siempre…

Pienso que hubiera podido llegar a disfrutar más de esta función si no hubiera sufrido la sobreexposición mediática a la que nos han sometido para vender un montaje que se vendía solo. 
Tanto se ha hablado del asunto del cambio, de la genitalidad de la función y el “desenmascaramiento” de este clásico, que cuando uno se encuentra con el montaje, no puede evitar pensar que aquello no es para tanto, que de hecho se han podido ver montajes en los que el Don Juan ya ha sido retratado con más acierto en su maldad y egoísmo. Tan solo hay que mirar hacia La Cebada. A buen entendedor…