Título:
Lucientes

Autor:
Pilar G. Almansa

Lugar:
Teatro del Arte

Elenco:
Jorge Kent
Teresa Vallejo
Rebeca Matellán
Lorena Benito
Antonio Sansano
Alda Lozano

Espacio Escénico:
Marta Cofrade

Vestuario:
Gabriela Roade

Iluminación:
M. Kenzo

Música:
Marcel Mihok

Dirección:
Rakel Camacho

Poder hablar de Lucientes como función es algo complejo y seguramente hasta injusto, ir al Teatro del Arte a ver este montaje es vivir una experiencia con los cinco sentidos. 
Es adentrarse en la cabeza del pintor y nadar dentro de su psique, dejándonos pringar con el sudor, la sangre, el semen, las lágrimas, las babas, los besos… mirar de frente una España caótica, folclórica, ocre, vamos la España de toda la vida, esa que a veces nos da hasta un poco de vergüenza ajena, pero a la que nos entregamos con entusiasmo en cuanto nos descuidamos; llena de chascarrillo, de cánticos, violencia, baile, alegría,pasión y risas… con sabor a jamón y vino… Vamos, todo muy de la tierra, arrancado de nuestras entrañas patrias, pero de la de todos, de la de los que se emocionan cuando se grita “¡Viva España!”, como de la de los que sienten rechazo ante semejante grito. Es lo que hay, nos guste o no.
No hay una historia en sí, es más bien un viaje a través del caos de la mente del Goya más alucinado, donde una amalgama de seres y situaciones se entremezclan entre sí, que a veces gritan a la vez, otras se paran a escuchar, se descojonan entre ellos, corren, saltan, se retuercen, se soban, bailan y trazan un paralelismo entre el pasado y el presente, mostrando la rabia que vomitamos a borbotones la boca de todos los españoles.
Rakel Camacho nos presenta una propuesta desbocada que crece y crece, que cuenta con un elenco que se deja literalmente la piel en escena. Un trabajo nada fácil de sacar adelante y que, sin embargo, acaba por atrapar.
Cuando acudí a ver la función y aquello comenzó, no sabía dónde mirar, a dónde atender, se me superponían todas las acciones que tenían lugar en el escenario, intentaba descrifrar cuanto simbolismo se me ponía por delante. La fiereza del Goya del comienzo, interpretado por un explendido Jorge Kent, me asustaba, era casi como ese “Gran Cabrón” de una de sus pinturas negras, un animal demoníaco escapado de su jaula, rodeado de un séquito de brujas en un aquelarre.
Es cierto que la historia se me escapaba de las manos, demasiadas sensaciones que atrapar, digerir y asimilar en poco tiempo, no sabía muy bien si las proyecciones eran una introducción al nuevo cuadro que se representaba en escena o al revés. Quizá lo que menos me interesó fueron las puntualizaciones históricas en plan “En tal fecha sucedió tal cosa…” porque tampoco aportan nada novedoso al montaje que no podamos leer en cualquier libro, sin embargo en otros momentos, cosas que podrían ser algo más interesantes, se dan por sabidas y nos dejan con las ganas. O quizá yo me perdí buscando donde agarrarme ante tanta información…
Un trabajo actoral absolutamente orgánico, de mano de unos artistas que apuestan con absoluta entrega por lo que hacen y que es terriblemente fascinante; ese aire asalvajado, tan sexual, esa locura instalada en la escena que llegó a arrancar aullidos a parte del público, es la esencia de este montaje. Interpretan, cantan, follan, bailan, beben… y todos igual de entregados. De repente uno se da cuenta que han acabado por mezclarte el 15-M con La Manola, que la Iglesia arrima cebolleta con el Torero, que te cantan un pasodoble o te rapean a base de cánticos y consignas o hacen una especie de medley con canciones protesta, resulta delirante, apetecible y desconcertante.
El feísmo, la suciedad, los olores que flotan en el ambiente lo invaden todo y de alguna manera te hacen sentir borracho, y cuando uno se da cuenta, está participando activamente de esa verbena.
Quizá la protesta social, con sus paralelismos, está cogida por los pelos y, a mi particularmente, me tira para atrás. No me gusta que me aleccionen, me hace ponerme a la defensiva, aunque esté de acuerdo con lo que cuentan, es algo que particularmente no me gusta… pero es tan apabullante todo lo que se ve en escena, que lo aceptas como parte de este campo de batalla teatral en el que se convierte la cabeza y el universo Goyesco que se han sacado de la manga tanto Rakel Camacho como Pilar G. Almansa. ¡Ojo! que “Lucientes” también da resaca, tanto exceso escénico después pasa factura y uno tarda en asimilar lo que ha visto y colocarlo en el lugar que le corresponde. Pero confieso que pasan los días y, ciertamente, cuanto más la pienso, más interesante resulta lo que vi.
La música en directo es una pasada, bravo por Marcel Mihok, el vestuario de Gabriela Roade parece improvisado y, sin embargo, es un conjunto de pequeños detalles que cuentan tanto como la propia función, interesantísimo. Yo me quedaba con alguna pieza encantado.
Una función a la que hay que acudir con la mente despejada y bien desprejuiciada, bueno, o con un par de vinitos y entregarse al delirio con alegría, pero alegría bien española, eso sí. Una bacanal escénica en toda regla.