Título:
Un Disgusto Danés

Autor:
Jumon Erra

Lugar:
La Pensión de las Pulgas

Elenco:
Elena Fortuny
Gretel Stuyck

Vestuario:
Meritxell Muñoz

Ayudante de Dirección:
Nesa Vidaurrázaga

Director:
Jumon Erra

Una vez más he viajado atravesando el portal de La Pensión de las Pulgas, además este viaje pretendidamente gastronómico no podía estar programado a una mejor hora que la hora del aperitivo.
 El menú que nos ofrece Jumon Erra en “Un Disgusto Danés” está repleto de sabrosos ingredientes que a mi, particularmente, me resultan suculentos tan solo con mirarlos, de esos que uno puede paladear con dedicación. Un libreto que basa su peso en los diálogos, reencuentros de amigos, conflictos emocionales insospechados, algo de misterio, humor íntimo y cómplice y todo ello regado con un poco de trampa en los giros que le den algo de cosquilleante aguja al entramado.
Así que me senté y me dispuse a la degustación. 
Los entrantes fueron ciertamente interesantes, enérgicos, con chispa, con dos actrices dispuestas, incluso ocurrentes. Elena Fortuny y Gretel Stuyck juegan a plantearnos una pretendida normalidad en todo este comienzo con una pizca de misterio que se reservan para los postres.
El primer plato se nos presentó bien calentito, con dos amigas que se dan cita cuatro años después de su último encuentro en el mismo lugar. Cariño, chascarrillos, risas, manías no del todo toleradas, pequeños reproches encubiertos entre sonrisas y anécdotas de juventud y una cuenta pendiente… Algo en el pasado no ha terminado de ser como ellas esperaban y algo queda pendiente por resolverse, ¿qué es? Quizá el exceso de quietud en las actrices, en la puesta en escena, apagan el brillo de este planteamiento que a priori promete algo sabroso.
Cuando llega el segundo plato todo adquiere un tono añejo, es un flashback que da sentido al primer plato, donde se nos develan ingredientes que no acertábamos a adivinar al comienzo y que aquí se nos muestran como plato fuerte. Algo que no conviene contar para que quien vaya reciba la sorpresa como Jumon nos la ha preparado y lo saboree recién salida del horno. Lo malo, que en el momento que esos ingredientes salen a la luz, uno ya sabe por donde van a ir los postres, y la magia y los sabores de la comida se van diluyendo, dejándonos con un regusto algo insípido. Las actrices lo intentan, quieren aliñar el conjunto con su esfuerzo, sazonándolo con esfuerzo, el problema es que las especias en forma de verborrea que al comienzo nos divertían como diálogos picados, comienza a volverse algo pesados y repetitivos, aunque seguimos esperanzados porque uno sabe que lo mejor siempre se guarda para los postres.
Y este esperado postre nos regresa al comienzo, pero como nos temíamos en el segundo plato, lo que nos imaginábamos es lo que nos sirven… Dejándonos un tanto decepcionados al no encontrar un nuevo giro en forma de bengala, de adorno, de guinda que lo remate y lo colme de originalidad. Todo se queda en lo que suponíamos sin más. Repitiendo las fórmulas que se habían utilizado a lo largo de toda la degustación. No hay un descubrimiento de nuevos sabores. No hay riesgo, y sí cierto intento, en vano, de provocar un cierre que nos haga reflexionar sobre esta historia tan previsible.
Me marché de La Pensión de las Pulgas con la pesarosa sensación de haber probado lo mismo que ya he probado en otras ocasiones, pero sin haber encontrado ese ingrediente sorpresa que hace especial a otros montajes… y salir plenamente satisfecho.