Título:
Cliff/Acantilado

Autor:
Alberto Conejero

Lugar:
La Pensión de las Pulgas

Elenco:
Carlos Lorenzo

Creación Audiovisual:
Adriá Ghiralt

Espacio Sonoro y Música Original:
Mariano Marín

Ayudante:
Pablo Martínez

Dirección:
Alberto Conejero y Alberto Velasco


Ya sabéis lo mucho que me gusta meterme en La Pensión de las Pulgas. Es un vicio al que no me resisto. Me encanta eso de atravesar el portal del número 48 de la Calle Huertas y colarme furtivamente en esos universos inesperados que habitan en sus paredes.
En este caso las ganas vinieron además por otro cauce, pues este verano me había propuesto ir descubriendo a nuestros autores contemporáneos, y eso me llevó a leer “La Piedra Oscura” de Alberto Conejero, autor multipremiado que para mi era un auténtico desconocido; tanto me entusiasmó lo que me provocó el leerlo, que me lancé a conocer más sobre su obra, y eso me llevó a leer “Cliff/Acantilado”, texto con el que conecté automáticamente. Su viaje casi lisérgico a través de la mente de Montgomery Clift me cautivó, la desgarrada poética de su sufrimiento, el viaje de ida sin billete de vuelta a lo más profundo de su psique fue una delicia de lectura, y casualmente a los pocos días se hizo oficial el anuncio de su estreno en La Pensión de las Pulgas. Una feliz coincidencia que vino con regalo incorporado, ya que el propio autor me invitó a ser uno de los afortunados que pudimos asistir al primer ensayo con público. No he escrito antes sobre la función a la espera de que estuviera estrenada, a que las bases se asentaran y poder volver a verla cuando la maquinaria estuviera a pleno rendimiento. Así el pasado domingo volví a sumergirme en la mente de Monty y visité junto a él su corte de fantasmas.

Montgomery Clift tuvo un accidente de coche en el año 1956, un accidente que le desfiguró la cara y del que fue rescatado gracias a que Elizabeth Taylor logró extraerle dos dientes que se le habían quedado clavados en la garganta, desde ese momento su vida fue una caída en picado, sumergiéndose en una espiral de alcohol y pastillas que acabaron con él diez años después. En ese intervalo de tiempo intentó dejar el cine y entregarse al teatro, donde quiso poner en marcha una versión de “La Gaviota” de Chejov que nunca llegó a realizar, una decepción que vino acompañada de su declive personal…

La historia, tal y como nos la acerca Alberto Conejero, es una espiral de fantasma, alcohol, deseos, anhelos, miedos y soledad. La función late de dolor, ese dolor que uno se guarda para si mismo y que ante los demás lo disimula con una fingida sonrisa que se resquebraja, como la que intenta sostener en ese momento que vivimos durante la función, cuando somos asistentes a la entrega de los Oscars junto a él. Resumen crudo y cruel de la decepción contínua en la que debió convertirse su vida desde ese fatídico accidente que no solo le destrozó la cara.

Todo en esta función juega a sumergirnos en la mente atormentada de este hombre, esas proyecciones deformadas, clavadas en un esquinazo, que no cesan de recordarle quién fue. El mobiliario de la habitación donde vuelven a tomar forma las presencias para hacerle viajar en un caleidoscopio de amargos recuerdos. Las luces que nos hacen saltar en el tiempo, las voces, los ecos, las músicas… y las palabras, lacerantes, desnudas, que producen tanto escozor… Un perfecto conjunto de complementos que nos hacen sentir la estremecedora y desasosegante brisa en el borde de ese Acantilado al que hace referencia el título. Un círculo vicioso y resignado que acaba por llevarnos de nuevo allí donde nos encontramos a Clift al entrar,  como si su condena fuera tener que rememorar todos esos momentos una y otra vez…

La dirección conjunta de Alberto Conejero y Alberto Velasco está llena de doloroso lirismo, desnaturalizando, casi deconstruyendo, cualquier acción de Carlos Lorenzo, actor que da vida a Montgomery Clift, optando por velar con los vapores etílicos y el sopor de los tranquilizantes cualquier reacción de esta alma perdida. Un personaje impedido, incapaz de sentirse libre para mostrarse tal como es, que siempre mantiene una frágil compostura, como un niño perdido que intenta crearse un mundo ficticio en el que refugiarse y que se le revela convirtiéndose en una dolorosa vuelta a la crueldad por la que pasó y reflejo de la insatisfacción de lo que el futuro le ofrecía, haciéndonos entender las angustiosas ataduras a las que se vio sometido; prueba de ello es ese único grito que se permite así mismo, un grito desgarrador, pero sordo. 
Quizá eché de menos vislumbrar en más instantes al hombre bajo la máscara, que el dolor rompiera cualquier pose, que estallase y reventase esa membrana que le separaba de la realidad, creo que esos momentos se encuentran en el texto, o yo así me los imaginé, para llegar a empatizar con total entrega con el Clift que Carlos Lorenzo pone en escena. Un trabajo complejo, bien trazado, que alcanza su grado álgido en esa ceremonia de entrega de los Oscars que comento más arriba, donde la máscara se desmenuza y nos pellizca la emoción, o ese fugaz encuentro con el desconocido, haciéndonos ver ese hombre solo, que sabe que todo ha terminado para él, aunque después intente convencernos de lo contrario…

Un arriesgado trabajo, complicado y muy cuidado, que en algunos momentos hace sentir que el texto supera a la función, pero que guarda momentos gloriosos, brillantes, punzantes y que es poseedor de una hipnótica belleza… Es una función compleja, para dejarse seducir por lo que cuenta y, sobretodo, cómo lo cuenta; que deja un regusto áspero en el fondo del paladar; para tener los ojos y los oídos bien abiertos y empaparse en la nada amable oscuridad de un alma que camina resignada a la condena. ¡Dejaos llevar!