Título:
Yernos Que Aman

Autor:
Abel Zamora

Lugar:
La Pensión de las Pulgas

Elenco:
Marta Belenguer
Juan Caballero
Manolo Caro
Mamen García
Emilio Gavira
María Maroto
David Matarín
Mentxu Romero
Ramón Villegas
Abel Zamora

Espacio Sonoro:
Ruth Rubio

Espacio Escénico:
Alberto Puraenvidia

Dirección:
Abel Zamora

Cuando estaba pensando en qué iba a contar en esta crónica, me ha venido a la mente una canción de Sabina que dice así:

Hay mujeres atadas de manos y pies al olvido,
(….)
Hay mujeres veneno, mujeres imán,
Hay mujeres consuelo, mujeres puñal,

(…)
Hay mujeres que tocan y curan, que besan y matan,
Hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad,
Hay mujeres que abren agujeros negros en el alma,
Hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz.

(…)
Hay mujeres capaces de hacerme perder la razón.

Y es que es un poco así como podríamos definir a estos seres que componen la familia ¿disfuncional? de “Yernos Que Aman” que Abel Zamora ha escrito y dirigido.
Una “dramedia” de amor y familia con sabor muy muy particular, y no digo “familia” porque sea para todos los públicos, si no porque transcurre en el microuniverso de una familia y el amor que flota, y a veces intoxica, el aire, pero… ¿Qué es el amor? Pues aquí vamos a encontrar un amplio y curioso catálogo con mil y una combinaciones, más o menos aceptables… cada cual tiene su concepto del amor y conseguir que alguien lo acepte y quiera empastarlo con el suyo es complejo… ¡Y vaya si lo es!
 
Me encanta la facilidad que tiene Abel Zamora para jugar con los géneros, para crear personajes tan rematadamente peculiares, pero absolutamente posibles, y esa estupenda mano para mezclar la más pura realidad con la ensoñación, con los seres surrealistas, y ver que encajan sin problema. 
El espectador tiene que venir de casa con la mente despejada y bien limpita para dejarse arrastrar a una propuesta inusual y que a mi particularmente me apetece encontrar de vez en cuando.
Esa mezcla entre los dramas existenciales, lo sobrenatural, la comedia gamberra y malhablada y la ternura, a mi me ganan y me divierte. 
Me hace estar todo el tiempo con la atención puesta en lo más alto esperando un “más difícil todavía” y “Yernos Que Aman” lo logra, va añadiendo pizcas de diferentes condimentos para no aburrir con intensidades alargadas innecesariamente, aunque si es cierto que a veces tiene predilección por el melodrama y se le pasa un poco de cocción. 
Abel juega a amoldar al espectador a un tipo de lenguaje y cuando le nota cómodo, da un manotazo a todo para que gire vertiginósamente y acabe por toparse con lo que menos espera.

Y esto lo consigue con certeras líneas de diálogo, a veces de trazo grueso y otras tan afiladas que cortan como bisturíes; por cómo logra implicarnos en su universo particular; y gracias a esa estupenda mano para rodearse de semejante elenco. Todos ellos actores y actrices con ganas de jugar, a los que no les importa aproximarse a los extremos para tenernos con los ojos bien abiertos, haciéndonos soltar carcajadas de escandalizada sorpresa, como ese inesperado personaje de David Matarín, o revolvernos en el asiento, sorprendentes registros los de Juan Caballero o Marta Belenguer, y sí, dejarnos con un nudito en la garganta. Porque dentro de tanta burrada, de tanta carcajada, de tanta crueldad, hay reservada una parcelita para la emoción, ¡Qué maravillosa está Mamen García! Como esa silenciosa y sufridora matriarca y como la MUJER que es, así, en mayúsculas.
Hay momentos preciosos, como el que tienen la propia Mamen con Manolo Caro, o rematadamente crueles, Caro y Belenguer; la escena final de Emilio Gavira y Mentxu Romero, o lo imposible entre Abel Zamora y Ramón Villegas, sin dejar de mencionar la incomodísima escena entre Caballero y María Maroto que nos saca la sonrisa de un bofetón… 
La obra está compuesta de bailes por parejas con los que nos van aportando nuevos ingredientes a este cupcake que tan buena pinta tiene por fuera… ¡a saber qué saber nos espera por dentro! Vamos, lo que sucede con cualquier familia, ¿no?
Esta ha sido mi primera incursión en el teatro de Abel Zamora y confieso que he encontrado algo que me apetece seguir explorando. 
Ha sido como un flechazo y la posible prolongación, en forma de teatro, de una adicción confesa que tengo; soy adicto a las chucherías, me encanta devorar bolsitas de gominolas variadas y sorprenderme con los diferentes sabores que encuentro y eso, el teatro de Abel Zamora, me lo da.