Título:
Otelo

Autor:
William Shakespeare

Lugar:
Teatro Federico García Lorca
(Versión Yolanda Pallín)

Elenco:
Daniel Albaladejo (Otelo)
Arturo Querejeta (Yago)
Cristina Adua (Desdémona)
Fernando Sendino (Casio)
Isabel Rodes (Emilia)
Héctor Carballo (Rodrigo)
José Ramón Iglesias (Brabancio/Montano)
Paco Rojas (Dux/Ludovico)
Ángel Galán (Pianista/Criado)

Iluminación:
Miguel Ángel Camacho

Vestuario:
Lorenzo Caprile

Escenografía:
Carolina González

Dirección:
Eduardo Vasco


Soy sincero, no había visto “Otelo” en teatro hasta este momento, alguno no dará crédito a esto, pero tampoco voy a fustigarme por ello. Las ocasiones se nos plantan delante cuando tiene que ser, y no por ser un clásico he de verme todas las obras de Shakespeare en cuanto son programadas en la ciudad, a parte del texto, tiene que seducirme lo que voy a ver y si no me llama la atención, espero a otro montaje nuevo que venga a conquistarme. Y así ha pasado con Otelo, que lo he visitado en cine, he leído el texto, pero en teatro hasta ahora… nada. Y seguro que ha habido montajes que merecían ser vistos, pero no se pusieron en mi línea de tiro.
Este montaje que estuvo en las tablas del Federico García Lorca de Getafe, llegará en breve a Almagro y posteriormente se quedará en el Teatro Bellas Artes de Madrid a pasar el verano. En él podemos ver una versión de Yolanda Pallín que respeta el original, adaptándolo a una duración bastante asequible, sin que por ello uno sienta que se ha mutilado sin ton ni son.

Este Otelo respira respeto, solemnidad, incluso cierto aire operístico en su puesta en escena. Nos mueve a través de la tragedia con un ritmo bien marcado. Todo está bien medido bajo la batuta de Eduardo Vasco, con vistas a ofrecer una propuesta de calidad y un claro gusto por el trabajo correctamente ejecutado. Ya ha habido en esta temporada un exceso de clásicos despellejados y maltratados, así que, que llegue una compañía a ofrecernos un “Otelo” sin ánimo de absurda innovación se agradece, ¡qué queréis que os diga!
Una estupenda iluminación de Miguel Ángel Camacho, complementaria a la escenografía de Carolina González, que gana en estética a cada cuadro, pasando de la abstracción al más puro realismo. O la ambientación y el dramatismo que otorga la música del piano en directo, con aromas a cine mudo, tocada por Ángel Galán y ese exquisito vestuario de Lorenzo Caprile, que llama la atención por lo bello y cuidado, son claro ejemplo de la calidad y la sobriedad con la que han querido presentarnos esta producción de Noviembre Teatro.
Daniel Albaladejohace de su Otelo un placer creciente. Este actor cuida hasta el más mínimo detalle de su interpretación, las intenciones, la forma de mirar, de decir, de contar… Crece y crece durante la función, y hace que uno sufra al ver cómo el veneno de los celos le va devorando cruelmente, como ese amor incondicional acaba superado por esa bestia interna que desata un desenlace que ni él mismo desea. Un auténtico gigante en escena.
Al igual que ese Yago interpretado por Arturo Querejeta que sabe saltar de esa fingida mansedumbre inicial hacia su amo hasta descubrir ese ser envidioso, cruel y uno de los más perversos de cuantos se han creado para la escena. ¿Quién no querría hincar el diente a un personaje como este? Arturo Querejeta juega todas las cartas que le ofrece y gana de mano. Sus soliloquios dirigidos al espectador son auténtico veneno sombrío.
A Cristina Adua le falta cierto peso escénico para rematar su Desdémona, quizá la inmensidad de Albaladejo y Querejeta la dejan algo pequeña frente a este reto. Y frente a las tablas de compañeros de elenco como Fernando Sendino, Isabel Rodes o José Ramón Iglesias (Como Montano)


La parte más débil del reparto es sin duda el personaje de Rodrigo que va degenerando en una especie de pelele al que llegado su terrible desenlace, a mi como espectador, no me provoca ninguna lástima; tanto traspiés y “patoseo” premeditado llegan a cansar e incluso a sobrar.

Lo único que le reprocho a este montaje es que, dentro de tanta verdad, de la cuidada puesta en escena y de unas interpretaciones tan maravillosas, uno descubra una violencia tan “de mentira”. En ocasiones excesivamente fingida como son los casos de Yago contra Emilia o el final de Desdémona. A mi el cuerpo me pedía, dentro de esta historia tan terriblemente cruel, que esa violencia que uno sabe que está por llegar y que rezuma en cada cuadro, haga su aparición con mucha más contundencia, algo mejor coreografiada para engañar al espectador y terminar de sobrecogernos. Hubiera sido el remate perfecto a la tragedia que Shakespeare nos lanza desde este maravilloso texto. Y es que descubrir el truco nos puede alejar de la atmósfera conseguida de un solo manotazo.

Obviando esos nubarrones, creo que es un montaje apetecible, bien rematado y que ofrece la oportunidad de disfrutar de dos enormes actores y un elenco dispuesto a traernos un Shakespeare en condiciones para terminar la temporada.