Título:
Un Buen Día

Autor:
Dennis Lumborg

Lugar:
El Sol de York

Elenco:
Bruno Ciordia

Escenografía:
Almudena López Villalba

Vestuario:
Gema Rabasco

Iluminación:
José Manuel Guerra

Espacio Sonoro:
Javier Almela

Dirección:
Mariano de Paco

Vivimos una época de mojigatería galopante, donde la doble moral campa a sus anchas y la opinión de todos trasciende en exceso; un arma peligrosa ya que corremos el riesgo de que la opinión más conservadora de un observador de nuestras vidas, acabe por ser tenida más en cuenta que la propia realidad, y eso es lo que “Un Buen Día” nos plantea.
Eddie nos habla de su familia con orgullo, mientras espera a que lleguen sus hijos, de los logros que ha conseguido a nivel personal, satisfecho con lo que ha construido, un hogar donde se apuesta por la claridad y la naturalidad para evitar que sus hijos crezcan bloqueados por los tabúes que la sociedad se empeña en imponer. Todo perfecto, ideal, hasta que la mirada de los demás convierten esa naturalidad en algo turbio y malsano… Esta es la premisa con la que parte “Un Buen Día”, exitoso texto escrito por Dennis Lumborg, que juega a mantenernos en la incertidumbre de si el protagonista es, o no, culpable de lo que se le acusa. Un texto que pone al espectador a prueba para que compruebe por si mismo si es de los que juzgan con ligereza o no.
Una buena propuesta pero que para mi gusto tiene un exceso de “buenrollismo” que más que acercarme a lo que cuenta, me distancia; todo es tan rematadamente simpático y dicharachero, que no encontré el enganche ni con Eddie ni con sus circunstancias. 
Hay un tufillo a “sitcom” yanqui que, para mi, juega a la contra, es como si de repente uno de los personajes masculinos de “Friends” fuera acusado de pederastia y no supiera asimilar el terrible problema que se le viene encima y siguiera soltando chistes y gracietas. 
Aunque es cierto que según va oscureciéndose el tono de la función, va adquiriendo peso e interés, creando dudas y planteando preguntas, incluso llega a incomodar; lo malo es que todo lo que va logrando acaba en nada al llegar a un desenlace que me resultó descafeinado y un tanto sin sustancia.
A pesar de lo que digo sobre la obra, Bruno Ciordia realiza un estupendo trabajo actoral, manteniendo durante la hora y media de monólogo, un personaje abrumado por los acontecimientos que reacciona como un niño asustado, regalándole un torrente de energía digna de ser apreciada, aunque como he dicho, el exceso de buenrrollimo me resulta forzado y me hizo no llegar a conectar con él. 
Si Mariano de Paco, director de la función, hubiera prescindido de todos esos amaneramientos y vocecillas de los personajes que entran y salen de la narración de Eddie, y no le viéramos bailotear como si no pasara nada en las transiciones, creo que la conexión hubiera funcionado mejor; las músicas y sus letras aportan el punto de acidez apropiado para percibir el tono que está queriéndose plantear y la labor del actor es suficiente como para conseguir introducirnos en los acontecimientos sin recurrir a la morisqueta facilona. De hecho, cuando los acontecimientos se enturbian, Bruno Ciordia adquiere una consistencia en escena más que notable, que apetece, provocando interés en lo que cuenta.
Un diez para esa escenografía cambiante, que se transforma ante nuestros ojos, como marco perfecto del angustioso viaje de pérdida de la inocencia por el que tiene que transitar este pobre padre de familia.
Quizá no haya sabido captar el ángulo desde el que se nos cuenta la historia y esto haya hecho perderme el atractivo de esta función que, planteando una situación muy dura desde una perspectiva algo blanda e inocentona, acaba por provocar un extenso debate tras la representación.