Título:
El Buscón

Autor:
Francisco De Quevedo

Versión:
Daniel Pérez

Lugar:
Teatro Infanta Isabel

Intérprete:
Jacobo Dicenta

Música y voz:
Dulcinea Juárez

Espacio Sonoro:
Jorge Muñoz

Iluminación:
David Linde

Dirección:
Daniel Pérez

No son muchas las oportunidades que uno tiene de asistir al teatro y sentirse teletransportado nada más hacerse el oscuro para que inicie la función, sintiendo que las bustacas del Teatro Infanta Isabel desaparecen, y encontrarnos sentados sobre los adoquines del suelo de una plaza, a la espera de la aparición del juglar que nos contará las aventuras y desventuras del famoso Don Pablos, El Buscón, personaje salido de la pluma de Quevedo.
Daniel Pérez ha realizado una versión, que él mismo ha dirigido, en clave de monólogo en la que el propio Don Pablos es quien cuenta a los espectadores sus andanzas.
Tan sólo con Jacobo Dicenta en escena, junto al maravilloso acompañamiento musical de Dulcinea Juárez, hacen de esta función un auténtido deleite con aromas artesanales. Es tal la fuerza en la simplicidad de la puesta en escena, que cualquier elemento más allá del actor y de la música, sobra.
La riqueza del lenguaje utilizado por Quevedo, los juegos de palabras, la aguda mala leche, el sacasmo, la ironía, son de una exquisitez tan gozosa que a uno la hora y poco de espectáculo se le pasa volando. Es un placer poder paladear todas y cada una de las palabras que el autor utiliza en boca de Dicenta para contarnos semejante historia, que estoy seguro haría sentirse afortunado a cualquiera de los personajes de Dickens.
El mayor atractivo de esta función es el enorme sentido del humor que contiene. El autor cuenta una historia terrible, llena de desgracias y desencuentros, llena de momentos que ponen los pelos de punta a pesar de estar contada en clave de comedia. Es un claro ejemplo de ese espíritu mediterráneo, como ya la definió Jacobo Dicenta cuando nos visitó en En Un Entreacto Radio, que marca la diferencia con otras historias que tocan el género de la picaresca. La amarga comicidad que destilan las situaciones que se nos cuentan, hacen que sea única; dándole el toque justo para que nos enganche y que nos fascine.
Lo de Jacobo Dicenta sobre las tablas son palabras mayores. Derrocha un torrente interpretativo que logra que nos entreguemos a su propuesta con sólo dirgirnos una mirada; él levanta una ceja burlona y consigue que queramos unirnos a su juego. No le hace falta nada en escena, él se encarga de sacarlo de la invisibilidad de la imaginación para mostrarlo ante nuestros ojos crédulos.
La forma en la que interpreta tiene un sabor a grandeza clásica que no es muy habitual, acercándonos al espíritu entrañable del cómico de toda la vida, del que aparecía sacudiéndose el polvo del camino mientras nos estaba ofreciendo el repertorio con el que hacernos pasar una fabulosa velada llena de universos inventados.
Sus movimientos, sus cabriolas, la forma de decir el texto, como ya dije una vez, tienen olor a madera de escenario y eso sólo lo poseen unos cuantos.

Totalmente recomendable ver esta versión de “El Buscón” para deleitarse con un gran texto que recupera la esencia del teatro de toda la vida.