Titulo:
Dorian

Autor:
Carlos Be
(Basada en “El Retrato de Dorian Gray” de Oscar Wilde)

Lugar:
La Pensión de las Pulgas

Elenco:
Jorge Cabrera
Francisco Dávila
David González
Carlos López
Javier Prieto
Alfonso Torregrosa

Entrenamiento Actoral:
Fran Arráez

Vestuario:                                            Maquillaje:                             Peluquería:
José Martret y Juan Pablo Pérez       Vanessa HD Makeup            Peinate Tú

Espacio Escénico:                               Música:                                   Producción:
Alberto Puraenvidia                          Algora y Dani Campos           Sara Luesma

Ayudante de Dirección:
Pablo Martínez Bravo

Dirección:
Carlos Be

El martes pasado volví a traspasar el umbral a otra dimensión, esa en la que habita The Zombie Company. Una dimensión a la que me gusta viajar de vez en cuando porque hace que se desperecen en mi interior esos instintos que normalmente uno contiene, por aquello de ser socialmente aceptado.
En La Pensión de las Pulgas “La Zombie” abre un portal espacio-temporal desde el que uno puede estar simultáneamente a comienzos del siglo XXI o finales del XIX y en Madrid, Praga, Nueva York y Bogotá a la vez. Y todo para redescubrir, con los ojos de Carlos Be, un clásico como “El Retrato de Dorian Gary” de Oscar Wilde. Una visión que respeta la esencia del original, pero del que destierra todo elemento fantástico para mostrar una sordidez que en el 1890 quedó astutamente maquillada por la mano de Wilde y que ahora, en el 2014, se muestra tal cual podría haber sido, directamente de la mano de Be.
 
Una historia que supura sordidez, deseo, sexo y muerte; que se deja contemplar impúdica, y nos provoca ciertas reticencias al mirarla, como cuando uno no sabe si dar el paso que traspasa ciertos límites no permitidos del placer.
“Dorian” es la marca de la perdición. Bajo esa apariencia de joven deseable, provocador, dispuesto a conceder un momento de morboso descontrol al pobre mortal, se esconde la turbiedad y lo enfermizo del ser humano. Los personajes que habitan esta pieza son víctimas de esa maldición de fría e inocente mirada azul que es Dorian.
Dorian sufre, es consciente de ser un virus que destruye cuanto (¿ama?) desea, pero se siente cada vez más atraído por la oscuridad y la sordidez, el sadismo de quien se sabe poseedor de poder e insoportablemente superior, y desde ahí contempla, atormentado a veces, encandilado otras, la destrucción que genera y de la que siempre sale impune. Adoptando la imagen de una especie de encarnación vampírica e inmortal.
¿Por qué nadie huye? ¿Por qué no escapan? ¿Por qué se empeñan en seguir atados a él hasta que es demasiado tarde? Porque él es reflejo de nuestros más oscuros deseos y nadie puede separarse de algo que se lleva dentro, aunque sea el mismo infierno.
 
Un texto de ingeniosos diálogos, con una complejidad y una poética al más puro estilo de sus autores (Wilde y Be). Un texto que juega y se pasea por espacios y tiempos indeterminados, y que genera un ambiente decadente y (per)turbador que empapa al espectador hasta que este se siente parte involucrada; lástima que a veces es interrumpido por un exceso de cambios entre habitaciones que afectan el fluir de la función. Es cierto que las atmósferas son las apropiadas y están brillantemente logradas, pero estas rupturas hacen que cueste volver a enganchar con la historia y es que, a veces, son tan breves que uno no llega a “reengancharse” cuando se encuentra con que hay que volver a cambiar. El juego al que se presta La Pensión de las Pulgas es un arma de doble filo con el que hay que tener cuidado para no “matar” el ritmo.

Si algo hay que aplaudir a The Zombie Company es la generosidad y disposición de sus actores para darse tanto como el montaje y su director exijan, y no es poco. Siempre son interpretaciones arriesgadas, difíciles de poner en pie sin un verdadero compromiso, y que no son trabajo que “cualquier” actor quiera, o sea capaz de, llevar a cabo.

Ahí tenemos a este maravilloso elenco en el que la mayoría dobla o incluso triplica personajes, masculinos y femeninos, y lo hacen con grandeza. Uno sale de ver la función realmente satisfecho del trabajo realizado por Jorge Cabrera, Francisco Dávila, David González, Carlos López, Javier Prieto y Alfonso Torregrosa, y los menciono así, sin diferenciar ni individualizar personajes para que la sorpresa se mantenga al ver la función. Tan solo decir que ponen toda la carne en el asador y se entregan a realizar un trabajo muy bien ejecutado y muy serio. Perfectas composiciones que hacen que la esencia de lo que escribió Oscar Wilde permanezca en ellos, son deseables en algunos cosas, detestables en otros, luminosos y extrañamente entrañables. Carlos Be los dirige con inteligencia, ofreciendo momentos y apariciones estelares, ahí están Sibyl, Victoria, Agata… Sus canciones… La ambigüedad en sus acciones… Que nos deje con la miel en los labios… Que nos haga sentir repugnancia, que en ocasiones sugiera en vez de mostrar…
La contundencia que adquirirán con el paso de las funciones puede llegar a ser sobrecogedora, estoy seguro de ello.

Esta versión es una pieza que juega con nosotros, nos excita, que se cuela en nuestros pantalones, nos roza con sus labios, que jadea en nuestros oídos, que nos atrae con un innegable morbo vicioso que, aunque nos hace sentir sucios, nos da placer experimentar, y que acaba por arrastrarnos hacía el terreno más repulsivo y enfermizo del deseo, aquel en el que acaban condenándose estos personajes. Provocando que salgamos masticando un regusto amargo que no nos es del todo ajeno.