Título:
Roberto Zucco

Autor:
Bernard-Marie Koltès

Lugar:
Matadero – Naves del Español

Elenco:
Pablo Derqui
Laia Marull
Andrés Herrera
María Rodríguez
Xavier Boada
Rosa Gámiz
Xavier Ricart
Oriol Guinart

Esenografía:
Sebastià Brosa

Iluminación:
Jaume Ventura

Vestuario:
María Armengol

Traducción:
Cristina Genebat

Dirección:
Julio Manrique

El pasado miércoles acudí al Matadero con las espectativas por las nubes. Este montaje de Roberto Zucco viene avalado por un gran éxito la temporada pasada en Barcelona y eso siempre me llena de curiosidad.
Tenía ganas de descubrir qué era eso que tanto había gustado; siempre he oído hablar de esta obra, aunque nunca la había visto en escena y tenía muchas ganas de sacarme esa espinita… Y eso que no me gusta dejarme llevar por los entusiasmos exagerados, por los gritos de júbilo de las redes sociales, sobretodo porque eso se desinfla a la primera de cambio, en cuanto no veo los fuegos artificiales que deslumbraron a todo el mundo y me estropea la función.

Es cierto que Roberto Zucco es puro lirismo abierto en canal, escuchar las palabras de sus personajes provocan un desasosiego desconsolado en el alma que es difícil de deshacer tras salir del teatro.
Desde el mismo momento que oímos el nombre del protagonista, comienza a respirarse algo insano en el ambiente. Mientras veía la función llegué a la conclusión de que Roberto Zucco es un virus letal que lo infecta todo, en el momento que se entra en contacto con él la vida se pudre, se llena de un olor dulzón que al comienzo parece agradable, pero en el momento que te aproximas para averiguar qué es, la peste te inunda para no soltarte mas.
Un texto Bernard-Marie Koltès lleno de violencia, de rabia, donde las palabras rezuman una brutalidad descarnada que te dejan destruido y que describen un microcosmos sin esperanza, lleno de sordidez e infelicidad de la que es imposible liberarse; haciendo que cualquier atisbo de posibilidad de escape se convierta en atractiva, aunque esa posibilidad sea abrazarse a un asesino sin escrúpulos como Zucco. Si a esto le añadimos una escenografía tan cinematográfica y el ambiente que el propio matadero otorga a cuanto allí se representa, uno no tiene que hacer demasiados esfuerzos para sentirse en ese suburbio desolador en el que todo transcurre.
Pablo Derqui compone un espeluznante Roberto Zucco. Tiene algo en su forma de interpretar que asusta y seduce a partes iguales. Es capaz de hacernos sentir lo que sus víctimas sienten cuando están ante él. Somos como esos ratoncillos que husmean a la aparentemente apacible serpiente y que cuando se confían, ya es demasiado tarde para deshacerse del abrazo mortal, pero siendo aún suficientemente conscientes como para saber y sufrir nuestro agónico destino.
Pero no solo eso, además es tan disfrutable su control corporal, el ver cómo maneja las emociones a su antojo, que resulta hipnótico. Pocos actores he visto tan próximos al público y que me hayan hecho sentir tan intranquilo en mi butaca.

No así me sucedió con sus compañeros, a los que vi pasados de vueltas. Las interpretaciones del resto del elenco, a excepción de María Rodríguez como la hermana pequeña que me hizo sentir parte de su amargo viaje, me parecieron excesivamente sobreactuadas y fuera de sintonía en comparación con lo que Derqui nos regala…
La sobrepasada intensidad de la mayoría me hizo pasar en pocos minutos de un posible intento de empatía a querer que desaparecieran de escena, y ya siento tener que decir esto.
Después, en casa, rumiando en mi cabeza las sensaciones que me provocó la función, pensé que quizá el director, Julio Manrique, quisiera utilizar estos códigos tan alejados para mostrarnos que esa es la visión que el propio Roberto Zucco tiene de los personajes que le rodean dentro de su mente enferma; entonces sería justificable e incluso interesante. Porque no puedo negar que en momentos sentí cierta fascinación al contemplar como encarnaban todo ese amplísimo abanico de personajes; pero si esta fue la propuesta, no supe captar el momento en el que se nos diera la clave para entender que esto fuera así… Haciendo que no llegara a entrar en la historia.

En definitiva, un placer descubrir este texto de Bernard-Marie Koltès, que en mi inmensa ignorancia aún lo tenía pendiente de conocer, y ese lirismo lacerante que me embelesó y, por supuesto, descubrir y sentir la cautivación por un monstruo del escenario como es Pablo Derqui, mas allá de su personaje; lástima que fuera envuelto en algo que no me llegó a convencer o que no supe entender.