Título:
La Nieta del Dictador
Autor:
David Desola
Lugar:
Kubik Fabrik
Elenco:
Inma Cuevas
Ramón Pons
Escenografía:
Susana de Uña
Iluminación:
Roberto Cerdá
Vestuario:
Alberto Valcárcel
Banda Sonora:
Mariano Marín
Composición Musical:
Fernando Egozcue
Dirección:
Roberto Cerdá
Últimamente voy con cierto retraso en las crónicas, son tantas propuestas que me sobrepasa el tiempo que tengo, y hay algunas que se me quedan en cola, no por ser menos importantes, ¡ni muchísimo menos! Solo que mi idea, a parte de dar mi opinión sobre lo que veo, es poder publicar lo crónica cuando la función aún está en cartel, pero si una obra, como es esta, voy a verla el último día de función, me lo tomo con cierta tranquilidad dando prioridad a otros montajes, aunque procuro no dejar de hablar sobre ellos y cumplir con este deber autoimpuesto que tengo y escribir sobre todo aquello que veo… (Sí, sé que alguna vez he fallado “Nobody’s perfect”)

Tras mi paso por La Casa de la Portera de hace unos días, viendo “Cerda” de Juan Mairena, decidí seguir la estela de Inma Cuevas. Ya conocía su trabajo, pero nunca había tenido todo su arte tan al alcance de mi mano y eso me dejó absolutamente cautivado, así que, como digo, decidí no dejar escapar la oportunidad de seguirla y, además, recalar en esta maravillosa sala que es Kubik Fabrik; ubicada fuera del circuito teatral, y que tiene un gusto exquisito para su programación; sabe que el amante del teatro no solo se encuentra en el centro de las ciudades, si no que también reside en los barrios periféricos y merece que, a veces, también se programe calidad cerca de sus casas…
Siempre es un placer tener la suerte de hacer estos descubrimientos, salas comprometidas y artistas que se entregan con rotundidad a su trabajo.
“La Nieta del Dictador” de David Desola es un texto desgarrado que habla sobre lo terrible que es descubrir que se ha vivido en una burbuja de sobreprotección, y que al retirar los velos de la memoria confundida, averiguar lo aterrador que es lo que reside en el recuerdo de una realidad distorsionada a conciencia.
Un montaje dirigido por Roberto Cerdá que ha decidido dispararnos a bocajarro y que presenciemos el paso de la oscuridad impuesta a una luz desolladora de conciencias que vive una muchacha al tener que cuidar a su abuelo, un enfermo terminal que no es cualquier persona, es el dictador de un país del que nunca se menciona su nombre, pero del que hay suficientes referencias como para saber de qué dictadura bebe para inspirarse. Un hombre al que todos han dejado abandonado en un cuarto, basura barrida bajo la alfombra de la vergüenza, rescatado por la piedad de su nieta, que decide pasar una hora a la semana con él como agradecimiento a ese mismo trato dado por el abuelo antaño. Una hora esclarecedora que poco a poco despeja su mente, haciéndole atar cabos y desvelando una realidad que siempre le ha sido maquillada y adornada como algo justo e idílico.
Es terrible asistir al momento en el que esta muchacha desembala la memoria y descubre que la podredumbre de su familia la ha acompañado durante toda su vida, que la mentira disfrazada de justicia ha reinado en los pasillos de su casa y que los seres queridos que la han criado, se han dedicado a marchitar otras vidas por el mero hecho de pensarles inferiores.

Un montaje lleno de imágenes desoladoras y desasosegantes, como esos momentos en los que el viejo es sometido por su nieta a un baño de imágenes del sufrimiento de las víctimas de la dictadura sobre su cuerpo, como si los fantasmas de esas víctimas volvieran para lacerar su carne caduca y convertirse en única compañía frente a la muerte. O como la necesidad de obtener ese aire fresco y purificador que expulse el olor pegajoso y nauseabundo de lo ya corrompido, venga acompañado de los gritos de rabia del pueblo herido. O esa descorazonada y evocadora imagen de “llorar lluvia mientras el cielo llueve llanto” que tantos momentos de reflexión me ha provocado desde que vi la función hasta el día de hoy…
Absolutamente conmovedora la dolorosa poesía que brota de los labios de esa niña que llega para abrir los ojos e impartir la justicia que todos desean y que nadie espera; apartada por representar la vergüenza de ser el miembro “imperfecto” dentro de una casta dominante.
Confieso que no sentí en ningún momento lástima por estos personajes, incluso encontré cierta satisfacción perturbadora en ser testigo de ver como ese viejo decrépito sufre la vergüenza de tener que agonizar y vivir dos veces una muerte para acabar siendo juzgado por su propia sangre.

Inma Cuevas es un ser maravilloso que brilla como pocos sobre las tablas. El grado de implicación es incuestionable desde el mismo momento en el que su presencia invade la escena.
Estoy convencido que nos va a seguir regalando tantos momentos de puro teatro que no hay que perder su pista ni un solo segundo porque además es una auténtica lagartija escénica, aparece en los espectáculos que menos te esperas sorprendiendo con su alma tragicómica que lo abarca todo.
Sí, confieso que ha conquistado mi alma “teatrera”.
Por cierto, me quedo para mi esa imagen de Inma saliendo a saludar y ver sus ojos profundamente agradecidos, inundados de lágrimas.
Eso dice tanto…