Título:
Shirley Valentine

Lugar:
Teatro Maravillas

Autor:
Willy Russell
 
Elenco:
Verónica Forqué

Versión:
Nacho Artime

Escenografía:
Andrea D’Odorico

Dirección:
Manuel Iborra




Sé que a estas alturas del partido, escribir una crónica que analice “Shirley Valentine” no tiene mucho sentido; va a cumplir en breve dos años girando por los escenarios de toda España, llenando teatros allá donde ha ido, pero si que me apetece hablar de las sensaciones que me despertó mi primer encuentro teatral con Verónica Forqué y esta Shirley Valentine, y es que en cine y en televisión he visto y admirado a Verónica Forqué una y mil veces, pero en teatro todavía no había surgido el momento. Así que, después de unos cuantos intentos, por fin pude acudir al Teatro Maravillas a disfrutar de esta primera vez.
Una primera vez que siempre voy a recordar con un halo de magia y con sabor a sueño cumplido…
Quienes acudimos a ver la función nos convertimos por un momento en los confidentes de Shirley, un ama de casa de Liverpool que sueña con poderse escapar quince días con una amiga y viajar a Grecia, sueño que, aunque sencillo, es casi un imposible, ya que vive por y para su marido, hombre ausente que no permite que nada altere la rutina del día a día y que incluso hace plantearle a ella que quizá sea esa la mejor opción…
Shirley nos habla de su vida, de sus amigas, de sus hijos, de su visión de la vida que le rodea y que siempre desemboca en un único pensamiento, la forma en cómo podría decirle a su marido que se marcha unos días… ¿Finalmente lo hará?
La historia es un reflejo de las trabas que nos ponemos a nosotros mismos a la hora de enfrentarnos a lo que realmente queremos. A abandonar, aunque sea por un momento, todo lo que nos hace la vida mas cómoda, que nos tiene anestesiados, y luchar por alcanzar lo que nos hace felices, la esencia de lo que nos hace ser quienes realmente somos.

Todos somos conscientes que la historia de Shirley en realidad es agridulce e incluso destila cierto tono trágico; dejando entrever momentos de maltrato y de desamor. Pero Shirley, que aunque vive encerrada en su cocina y hablando con la pared, lo mira todo con positividad y consigue darle la vuelta a la tortilla, contándonos todo con una sonrisa, a veces divertida, a veces melancólica, a veces de extrañeza y otras de liberación, pero sin dejarla nunca de lado y haciéndonos ver que da igual tener 49 años como tener 100, que la vida tiene muchas cosas bellas y hay que encontrarlas y saborearlas. Toda una lección de vida.
Shirley Valentine dice cosas muy bonitas, pero mucho mas bonitas se vuelven cuando salen de la boca de Verónica Forqué, que es quien le regala carne y huesos al personaje. Nos obsequia con dos horas de monólogo lleno de energía, de luz, de risas y emociones que, a veces, ponen los pelos de punta. Nadie puede evitar sentirse identificado con todo lo que nos cuenta; ¡y qué forma de contarlo! Es casi como sentarse a esa mesa en la que ella prepara los huevos con patatas a su marido y compartir un vasito de ese vino blanco mientras desgrana poco a poco las cosas que le suceden y las ilusiones que le nacen.
Manuel Iborra hace una gran labor de dirección consiguiendo esos dos ambientes tan diferentes en los que la obra de Willy Russell nos sumerge y sacar las sensaciones que el texto lleva consigo.
Desde el comienzo empatizamos con todo lo que nos cuenta la protagonista, pero sobretodo esto no sería posible si Verónica Forqué no le hubiera impregnado con ese toque tan suyo que incluso me atrevo a decir que ha creado escuela en otras actrices que han dado sus primeros pasos junto a ella, me refiero a María Adánez, Toni Acosta y sobretodo la genialísima Silvia Abascal, todas ellas poseen esa luz tan especial que reside en La Forqué y que aquí brilla con todo su esplendor.
Verónica Forqué nos mira directamente a los ojos desde el escenario, se toma su tiempo, se recrea en los silencios, sabiendo que eso nos provoca muchas cosas por dentro, dejando que sus palabras hagan su efecto y retoma. Ha cotidianizado todas sus acciones tanto, que uno ya no sabe si las va integrando según suceden o ya estaba todo premeditadamente ensayado, y es que esa cocina es “su” cocina y lo demuestra consiguiendo que nos olvidemos que lo que estamos viendo está sobre un escenario, nos convierte en invitados dentro de su corazón, a los que nos abre su alma por un ratito.
La sencillez y la calidez que se desprende del texto junto con el saber hacer de la actriz hacen que nadie salga del teatro sin sentirse capaz de comerse el mundo o, al menos, el pedacito que a cada uno nos corresponde y nos merecemos.

Es difícil ir a ver Shirley Valentine y no salir con un chute de ganas de vivir, de querer luchar por ser quien de verdad uno es y conseguir vivirlo.

Salir de ver esta función es salir sintiéndote capaz y eso es algo muy grande. ¡Gracias Verónica!