Título:
En el cielo de mi boca

Lugar:
Sala Nudo Teatro

Autor:
José Padilla

Elenco:
Daniel Teba

Música:
Ángel Galán

Iluminación y Escenografía:
David Pizarro

Vestuario:
Almudena R. Huertas

Dirección:
Iñigo Rodríguez-Claro 

Madrid se va llenando de espacios escénicos y me encanta ir descubriéndolos. Si os váis fijando en las fichas de las crónicas que voy escribiendo, veréis que pocas son las veces que se repiten las salas o espacios donde voy a ver las funciones, y es algo que me encanta. Es de agradecer que, a pesar de la crisis y las zancadillas a la cultura, haya tanto lugar, tanta propuesta y tan variada que poder echarse a los ojos. Su esfuerzo les cuesta, lo sé.
Esta vez la ocasión se me plantó en el barrio de Malasaña, en la Sala Nudo Teatro, a donde acudí a ver “En el cielo de mi boca” de José Padilla. Algo había oído hablar de la función, pero no fue hasta que Daniel Teba, que se ha echado a la espalda las labores de promoción del espectáculo, contactó conmigo para hablarme de la función y despertarme las ganas de ir a descubrirla. Y yo, que soy curioso porque sí, no me lo pensé dos veces y acudí a su llamada.
La función nos sitúa en una habitación de hotel, donde Wilhelm, cantante descubierto en un Talent-show, nos habla de su ascenso y caída hasta “los suburbios del infierno”, como él mismo dice.
Wilhelm, entre nervios y alcohol, hace una confesión terrible a un periodista llamado para tal efecto, periodista que nunca veremos porque somos todos los que allí nos encontramos. Una confesión en primera persona y dicha directamente a los ojos.
Después de haber visto su trabajo en el “Enrique VIII” de Rakatá, tenía ganas de ver mas cosas de José Padilla y fui a ver “En el cielo de mi boca” con ganas de volver a disfrutar de su talento. Y no me equivoqué, me encontré con un texto que nos habla de cómo los sueños a veces se convierten en realidad… En la cruda realidad… 
De como nuestra ilusión, si cae en manos ajenas, puede llegar a convertirse también en algo ajeno, en una cosa extraña que nos da asco y que ya nunca volveremos a sentir nuestra. Pero también nos habla de como podemos llegar a reaccionar cuando nos sentimos enjaulados; cuando sentimos que lo que entregamos con la pureza del corazón es manipulado y pisoteado. Del ser que habita, aletargado, dentro de nosotros y que no sabemos que existe hasta que alguien le pisa la cola.
Daniel Teba hace un trabajo realmente bonito, desplegando todo un abanico de talento. Imprimiendo una energía y un peso a su personaje que en ocasiones hace que, cuando lanza su mirada hacia ti, atrapada entre la locura y la desesperación, te haga contener la respiración, sin saber cual va a ser su reacción. Nos muestra un animal, que como todo aquel que se encuentra enjaulado, es imprevisible.
Canta, calla, ríe, llora, baila, habla… y nos hace sentir su miedo, el miedo a saber que ya no hay marcha atrás, que ha sido la víctima de un juego que le ha llevado a hacer lo que jamás hubiera imaginado y del que estaría encantado poder rebobinar y olvidarse. Cosa imposible.
Solo un “pero”, a veces la entonación del texto, la forma de decirlo, cae en cierta cadencia monótona que le quita algo de verdad. Por lo demás no puedo mas que aplaudir a Daniel, que nos regaló una gran función, hecha con profesionalidad y total entrega, a pesar de ser contados los espectadores que nos encontrábamos en la sala.
Tampoco quisiera dejar de mencionar la dirección del montaje por parte de Iñigo Rodríguez-Claro, que le ha impreso una plasticidad, con la ayuda de la escenografía y la iluminación de David Pizarro y la música de Ángel Galán, muy interesante de ver. Capaz de transmitir las sensaciones del personaje tan solo con un cambio de luces o escuchando los acordes que nos ayudan a ir y venir en los recuerdos de Wilhelm. Nos sitúan en infinidad de espacios en un escenario tan reducido como el de la sala Nudo Teatro. Nos muestra la angustia del personaje con la crudeza necesaria y la fealdad de todo lo que le rodea, descubriéndonos la suciedad que hay tras los brillos de los focos y los flashes como un pedazo de realidad mas.
La verdad es que me sentí muy contento de haberme sacudido la pereza de un miércoles lluvioso y acercarme a descubrir un trabajo tan bien hecho que, confío, tenga un largo camino por recorrer.
No os despistéis mucho que de momento solo estarán los miércoles de este mes y no deberíais dejarlo pasar.