El viernes me dispuse a ver un clásico de la literatura y del teatro español, nada mas y nada menos que “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes. El montaje que al parecer andaba ideando cuando nos dejó…

Según he leído por ahí, Delibes quiso que alguna actriz tomara el relevo a Lola Herrera, actriz que llevaba una treintena de años dando vida a Carmen Sotillo de manera magistral. Había que hacerle un lavado de cara al personaje, ya que Lola comenzaba a ser mayor para el personaje… Y es que, aunque nos cueste admitirlo, los personajes se quedan en un punto de la vida, pero nosotros avanzamos y, sin mas remedio, tenemos que dejarlos atrás; eso sí, según dicen, dejando el pabellón bien alto. Bueno, pues la heredera de semejante legado, con el beneplácito de Delibes, ha sido Natalia Millán. Una de las actrices mas versátiles y valientes, si se me permite el calificativo, del panorama teatral actual. Le da lo mismo echarse a la espalda personajes principales en “Cabaret”, “El Mercader de Venecia”, “Chicago” que en este “Cinco horas con Mario”. Ha afrontado este reto de la mano de las dos personas que se mantienen desde el montaje original, que son directora y productor, Josefina Molina y José Sámano. Ellos junto al autor son los artífices de esta nueva vuelta a los escenarios.

Da gusto entrar en el teatro y encontrarte con interpretaciones como lo que viví el viernes. Donde una señora actriz, como es Natalia Millán, da vida a la viuda de Mario de una manera tan convincente. Aunque el texto ahora nos pueda sonar a rancio por los ideales que destila, no pierde verdad en ningún momento; todo lo contrario, a medida que el monólogo avanza, consigue que te sitúes en la época y, aunque no comulgues con lo que dice, te atrape y te haga comprender de alguna manera a la viuda y su necesidad de decirle a su marido todas las cosas que le cuenta. Te das cuenta que aunque suene a rancio, realmente es una mentalidad que aún estando en el siglo XXI sigue latente en mas de un extracto de nuestro sociedad y que al fin y al cabo es un ser humano en la intimidad, el único lugar donde todos nos mostramos como somos realmente, y así es como nos muestran a Carmen Sotillo, sola, sincera, yendo y viniendo en sus pensamientos, dándonos cuenta de lo necesaria que es la comunicación y el poco uso que hacemos de ella, y que tristemente, siempre reaccionamos cuando ya es tarde. Nos muestra que la vida es cíclica, y lo que ya se fue, vuelve, aunque sea en cuerpo de otra persona. Nos habla de la necesidad que tenemos todos de ser queridos, de ser correspondidos, de ser el centro de atención de alguien, aunque después, en presencia de los demás lo neguemos porque nos da pudor mostrarnos de esa manera. Todo eso es lo que Natalia nos transmite, bueno, no Natalia, porque a ella solo la vemos en los saludos; donde por cierto se ve el esfuerzo, la energía y la vitalidad entregada, los sudores y suspiros que se le escapan durante los saludos, son la mas clara señal de todo lo que le entrega esta actriz al personaje de Delibes. En realidad es Menchu quien nos lo muestra, la que nos va mostrando capa tras capa lo que un ser humano siente y padece a lo largo de una vida. Nos muestra que somos egoístas, mezquinos, solitarios, que ambicionamos lo que no tenemos y despreciamos lo que ya consideramos “nuestro” y que somos así porque alguien nos dijo que teníamos que ser así y nos resignamos a vivir la vida “como Dios manda” sin dar ocasión a enriquecernos de los que otros nos puedan aportar; pocos son los que se plantean que haya otra forma de pensar, incluso nos espantamos si nos brindan la oportunidad de hacerlo, lo rechazamos, los repudiamos sin razonamiento alguno… porque las cosas son tal y como nosotros creemos que tienen que ser y si no son así, plantamos un muro delante nuestro que nos impide disfrutar de lo que la vida nos ofrece, y cuando sacamos los pies del tiesto, tentados por el aire fresco, el remordimiento nos como las entrañas… Son tantas las cosas de las que nos habla que podría estar escribiendo hasta el día del juicio y como si fuera otra Carmen Sotillo, iría y vendría en mis pensamientos, razonándola, negándola y a la vez comprendiéndola, analizándola y a la vez dejándola que fluyera tal y como es, porque no es mas que una viuda con muchas cosas calladas en su alma.

Solo tengo una pega, después de estar casi dos horas paladeando una interpretación tan soberbia, no puede salir a escena Victor Elías y decir su texto con una dicción tan deficiente, sobretodo cuando está en sus manos la resolución de semejante monólogo. Son solo cinco minutos, pero cinco minutos que ya los quisiera mas de uno para si…

La verdad que clásicos como este siempre deberían andar entrando y saliendo de la cartelera, casi por obligación, dando la oportunidad a las nuevas generaciones para que los conozcan y que los que ya la hemos podido ver, podamos tener la oportunidad de volver a disfrutarlos una y otra vez.