El teatro es en directo y eso conlleva que las funciones nunca sean iguales. Ahí radica gran parte de su magia y de su riesgo… En las funciones siempre hay “pequeñas” cosas que fallan y que los que estamos en el patio de butacas ni percibimos; los actores siguen adelante y nos hacen creer que está dentro de lo previsto, que eso que nos haya chocado, en realidad, estaba ensayado, pero otras veces es imposible tapar el fallo y hay un “click” que hace que el espectador se despierte del hechizo en el que andaba sumido y se da de bruces con la realidad, recordando que lo que está viendo no es mas que una mentira, un juego, una ficción… y ahí vuelve a tener el actor el cometido de conseguir arrullarnos y volver a sumirnos en ese hechizo para que volvamos a creer en todo lo que dicen o hacen… Solo que a veces, los espectadores somos “malos” y ya no nos dejamos hechizar y vemos que quien está en el escenario no es quien creemos que es, si no que está “haciendo de” y a partir de ahí todo va cuesta abajo y sin frenos.

Pues eso mismo es lo que me sucedió el pasado Jueves  viendo “Al final del Arco Iris”. Todo apuntaba a que iba a disfrutar de lo lindo, disfrutar de uno de mis actores españoles favoritos desde siempre, Miguel Rellán, y de Natalia Dicente y Javier Mora. Disfrutar de Judy Garland, de sus canciones, de sus miserias, de todo lo que me fueran a contar, porque iba dispuesto a ello. ¡Incluso el programa de mano me gustó! Tan detallado, tan cuidado… La función transcurría realmente bien, aunque había varias personas que eso de estar en silencio y respetar el trabajo del actor parece que no lo entendían muy bien… Dos señoras mas preocupadas de haber perdido un pendiente, otros dos que no sabían que Judy Garland protagonizó el Mago de Oz y querían compartirlo con el resto y una famosa diseñadora cantando en voz alta a la vez que lo hacían en el escenario, hasta que un señor la mandó callar… Los actores estaban haciendo un buen trabajo: Dicenta, aunque siempre excesiva, estaba convenciéndome, Javier Mora estaba siendo todo un descubrimiento para mi y Miguel Rellán, pues bueno, como siempre, estaba haciendo un trabajo fantástico, pero de pronto… un zumbido incomodísimo comenzó a salir por los altavoces, los actores intentaban continuar, pero aquello en escena tenía que ser imposible de soportar, Natalia Dicenta intentaba arreglarlo a su manera, intentando incluirlo dentro del cuadro, aunque personalmente pienso que fue un fallo por su parte, no creo que fuera buena idea salirse de personaje mandando callar al monitor que zumbaba, mas que nada porque sus compañeros no sabían como improvisar con eso que ella estaba haciendo… El público a esas alturas estaba revolviéndose incómodo en la butaca, sin saber si reírse o no de la situación, todos nos quedamos callados esperando que todo siguiera adelante, pero la actriz no tuvo mas remedio que parar la función, que a mi modo de ver fue lo mas acertado; pedir disculpas, aunque no era culpa de ellos, e intentar ponerle solución. Finalmente los actores salieron de escena, apareció Jorge de Juan, que es director de la obra junto con Eduardo Bazo, y nos explicó que el incidente estaba provocado por unas interferencias con el ejército y se volvió a disculpar, prometiendo que en breve retomarían la función. Todos aplaudimos a modo de apoyo a actores y directores, que es lo lógico, y cuando todo se solucionó, los actores regresaron, volvimos a aplaudirles para que se motivaran y la obra continuó su camino… O eso es lo que debería haber sucedido… Pues los actores, aunque se les veía hacer verdaderos esfuerzos por recuperar el tono de la obra, no fueron capaces de reponerse y ya todo sonó a demasiado exagerado, a que estaban “haciendo de” en vez de meterse en la piel de los personajes… o quizá fui yo que ya no me dejé hechizar… el caso es que creo que la obra estaba llena de cosas que me hubieran hecho escribir con entusiasmo sobre lo que vi, texto, actores, escenografía… pero no ha podido ser así, la cosa se torció y ya no me creí nada. Rellán se quedó excesivamente serio, Mora andaba subiendo y bajando de su personaje a trompicones, y Dicenta se descontroló y dejó de dominar al personaje y el espacio escénico. Al final acabó siendo una de esas “funciones-pesadilla” que muchos hemos soñado angustiados en mas de una ocasión.

Para que no quede solo el sabor amargo de esta crónica de una función fallida, quiero dejar claro que seguramente, si alguien presencia otro día la función, disfrute mucho, ya que la voz de Natalia Dicenta me gustó y da gusto escucharla cantar la canciones de la función, la banda que la acompaña suena muy bien, Javier Mora tiene presencia y compone un personaje que resulta muy interesante con esas contradicciones que tiene, Y Miguel Rellán transmite una ternura y cariño por Judy Garland con el que te identificas totalmente.

Como he comenzado diciendo, el teatro tiene eso, que es en directo y uno nunca sabe lo que puede pasar…