¡Qué gran comienzo de función!

La sombra de Madame Rosa recortada en el marco de una puerta. Agotada, pero poderosa, avanza en escena mientras Piaf suena en la radio… poco a poco va subiendo la luz y… habla…

¡Qué calidez desprende Concha Velasco desde esa primera frase! El espectador, que hasta ese momento está en tensión, esperando ver qué es lo que se va a encontrar, se relaja y se deja mecer como otro niño mas de los que esta mujer ha ido criando a lo largo de los años… Enseguida irrumpe en escena Momo y es entonces cuando dejas de sentir que estás sentado en una butaca del Teatro de La Latina y pasas a estar en el salón de Madame Rosa, acomodado en un rincón, en silencio, contemplando como através de conversaciones cotidianas entendemos el sentido de cosas que muchas veces pasan desapercibidas.

Pocas veces me he descubierto a mi mismo ensimismado, con la cara apoyada en la mano disfrutando de cada palabra, de una interpretación tan acogedora, de un texto con tantas frases que se te quedan prendidas en el alma. Me descubrí con un nudo en la garganta a los diez minutos de comenzar la función y que ya no se me fue hasta casi llegar a mi casa y que ahora recordando nota que quiere hacerse de nuevo… Y fue provocado tan solo por la sencillez de los dos actores, lo entrañable y especial que se hacía el momento que estaban haciéndome vivir… Sin artificios, solo con su presencia y la humanidad que destilan… qué sentimiento tan bonito… Te hacen permanecer con una sonrisa a lo largo de toda la función; una veces sonrisa divertida, otras cómplice, otras tierna o emocionada y cuando la sonrisa se te borra porque la situación lo pide, resulta que Momo te hace volver a hacer sonreir, entre lágrimas, porque te hace comprender que lo que sucede no es malo, solo es la vida…

Hay tanta delicadeza en la función que me asombra. Uno está acostumbrado a que le arrojen los asuntos mas delicados a los ojos con tal violencia que cuando ve la sencillez y la cordialidad con la que se tratan temas tan complejos como la religión, el racismo, la elección de una muerte digna, el amor… siente hasta pudor de ser descubierto escuchando.

Se nota que cuando vemos encima de un escenario a Concha Velasco, estamos ante una de las GRANDES. Es un privilegio haber podido saborear su interpretación de Madame Rosa porque aunque estás en el patio de butacas, te sientes entre sus brazos y a la vez sientes la necesidad de protegerla, de cuidarla tal y como hace Momo. ¡Qué valentía! Como se despoja de todo artificio para mostrarnos a esta mujer, sin cuidados de diva, y es que a muchas se les olvida que no son ellas las que están en escena, si no sus personajes y a veces necesitan que veamos mas de lo que ellas nos mostrarían como personas. Y eso Concha lo hace y sin pensarlo. Si de verdad se retira después de este personaje, (Egositamente espero que no porque quiero seguir disfrutando en teatro de ella), puede irse de la escena con la cabeza muy alta porque lo que nos ha dejado es algo realmente precioso. Si se me permite poder poner un “pero” solo diré que hubiera quitado esas miradas “complices” al espectador que, a veces, usa para cerrar ciertos momentos. No me cuadraban mucho con el conjunto.

El gran descubrimiento de esta función es Ruben de Eguía. Creo que nunca nadie me había hecho sentir desde el mismo momento en el que aparece en el escenario tantísima ternura. ¡Qué bien! Qué manera mas bonita de afrontar un personaje y con que honestidad. Lo que hace este chico en escena es un trabajazo que da gusto poder disfrutar. Además que en la función de ayer, justo en uno de los momentos mas intensos de la función, sonó un móvil y sonó y sonó, pero él se mantuvo ahí, aguantando el tipo y demostrando las tablas que tiene. No todos consiguen eso…

No puedo dejar de mencionar a Juan Antonio Quintana que da la visión “externa” de este universo creado por Madame Rosa y Momo. Ese punto de coherencia que a todos a veces nos hace falta cuando la cabeza nos vuela sola y a José Luis Fernández que le toca en suerte el papel que hace que los lazos entre los dos protagonistas se estrechen aún mas si cabe.

Solo me queda dar las gracias a José María Pou por descubrirnos una obra que desconocía y que gracias a su dirección, he podido disfrutar tanto. La verdad es que él es el motivo por el que me decidí a ver la obra, porque el que su nombre figure en el cartel es toda una garantía de buen trabajo, da igual que sea como actor o como director. Se nota el oficio y me encanta prestarme a descubrir todo lo que nos quiera mostrar.

Lástima que a veces el público sea tan mal educado y tan desconsiderado. No hay manera de que la gente apague los dichosos móviles, deje de jugar con los papelitos de los caramelos y hable en voz alta. Con un poquito mas de educación, todos disfrutaríamos mas. Y es que no puedo dejar de sentir pena por todos aquellos que haciendo esas tonterías, se pierden cosas tan maravillosas como las que suceden en esta función.. pero bueno, allá ellos…